RÉQUIEM PARA UNA CASA

Cuento por Rosa María González Romano.


Esta casa que habla, que susurra palabras que nadie pronuncia, que esconde sombras que no le pertenecen a nadie, pero que acechan perenemente, que preserva sus ecos, que tolera las ausencias, que protege con fiereza la soledad perpetua. ¡Casa que asusta… casa de ruidos extraños que nadie produce, de alientos que algo informe exhala, de abrir y cerrar de puertas que nadie traspasa ya… casa vacía!
Vacía de seres que antaño transitaron por sus hoy desocupadas y lúgubres habitaciones; lugares que, probablemente, ya no serán espacios que alberguen risas y pláticas interminables de familia disfuncional, pero un día unida por los lazos sanguíneos que, a pesar de los pesares, atan a los hombres con la red indisoluble de lo eterno; de los sentimientos que unen con más fuerza que una hiedra cuando entreteje sus ramas, en su férrea esperanza de alcanzar el cielo.
Este es el cotidiano regreso a casa, me detengo justo frente a su portón que se ve viejo, abandonado y desgastado por el entrar y salir de gente que alguna vez lo cruzó de un lado o de otro, pero que ahora ya casi nadie traspasa, excepto yo, que soy el único rescoldo que ha quedado de esta antes alegre y bulliciosa morada.
Apresuro el paso para llegar a la puerta de entrada de esta casa que, semioculta por la oscuridad y la agreste vegetación elevada del descuidado y sucio jardín, me parece tétrica, fantasmagórica y ruinosa. Casa de olvidos y desengaños, donde sus personajes han huido de la escenografía de los abatidos epílogos guardados en ella. La pesada tiniebla que la envuelve no me resulta amenazante, porque ya casi vivo en su inmutable manto, por estas pupilas que, de tanto verter lágrimas, por añejos anhelos truncados y vanas ilusiones destruidas por el terrible desencanto del prometido amor que no se dio, se van quedando igual de vacías e inservibles, como este hoy solitario y desvencijado hogar.
Casa de ruidos y ecos que permanecen plasmados entre sus medio derruidas habitaciones y que, ante tanto silencio, aprovecha la oportunidad de ser escuchada… ¿por quién, si ya no hay nadie? ¡Carece de importancia!, porque precisamente estos sonidos no necesitan de un público de oídos atentos, pues solamente externan en gemidos la rutina que otrora llenaba los rincones, ahora huecos de emociones diluidas en el tiempo.
Casa con olor a sangre, de esa sangre que fluye por las venas de los seres vivos y que de ella ha escapado, dejando únicamente su esencia; porque entre sus paredes sólo quedan recuerdos; pegajosas rémoras de iras y discusiones inútilmente interminables; sentimientos que, unidos, alejaron a los dueños de esta casa, que algún día llevó el nombre de nido, por la calidez de la familia, que en sus entretelones habitó y que el frío estertor de una muerte asistida convirtió en sombrío esqueleto insepulto, que hoy se erige como clara advertencia de fatal desenlace, para las otras hermosas, bien cuidadas e iluminadas residencias que la ciñen.
Me introduzco por la amplia estancia, que me recibe con los brazos abiertos de la muerte, que paciente me espera, sin prisas, sin apuros, solamente agradecida de que alguien tan muerto como ella camine por las añejas baldosas. Casa que bien sabe que el final no va a tardar más que lo necesario, ya que nada es para siempre, ni el dolor que intermitentemente lacera este adormecido corazón que apenas late por el enorme peso de la tristeza amarga que se fue acumulando en él, cuando en medio de la lucha diaria fue alojando resquicios de inhibidas demostraciones de un amor que se extinguió.
Parada ante la oscura escalera de acceso al dormitorio que cobija mi perene insomnio, hago, sin quererlo, un doloroso inventario de mis pérdidas, que por ser tantas abruman a mi envejecida alma con el golpe implacable de la brutal realidad. Esta triste consciencia de lo que ya jamás será; inevitablemente deja escurrir lo que aún resuma mi extenuado espíritu y que escapa por mis apagados ojos, son lágrimas que quedaron por ahí escondidas y que dejé como reserva para derramar cuando llegue el momento del adiós.
Elevo la vista y mentalmente no me atrevo a subir los peldaños del espanto; esos escalones que me acechan e incitan a apurar el paso y que mis pies, pesados por el plomo del camino recorrido, se niegan a obedecer. Sutil mandato de la parca que me anima a soltar para siempre mis afanes y torturas y las agobiantes ilusiones que antes que yo se han muerto, como preámbulo de lo ineludible y que hoy se mecen en agridulces devaneos, con la suavidad de la tranquila espera… incitando a que concluya.

Este cuerpo, ya inerte, cuelga por fin del barandal en la soga del hastío, cual péndulo apagado del reloj de la vida que ha cesado… Camina esqueleto, camina, que la vida comienza mañana… esta casa, ¡soy yo!

Autor: adrixnac

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