¿EN QUÉ NOS QUEDAMOS?

Cuento por María González Romano


Los ojos fijos en las piernas le incomodan, su perversa mirada serpentea buscando colarse por debajo de la falda. El Don se aparta del escritorio, le da un rodeo, ella percibe el escrutinio penetrante que le recorre todo el cuerpo. A sus espaldas, lo aprecia tan cerca que puede sentir la cálida respiración sobre su nuca y atisbar los entretelones en que se divide el escote. Las pupilas dilatadas, con morbosa ambición, rebuscan el nacimiento de sus senos pretendiendo hurgar en el corpiño que los ciñe. No se siente nerviosa pero la sensación de incomodidad no le abandona.
Cuando por fin el Don regresa a situarse detrás del escritorio, con voz meliflua pronuncia:
–¿Dónde nos quedamos?
Retoma el dictado, estira su abultado bigote, pone ojos entornados cual borrego a medio morir y actitud de galán contumaz. No le quita la vista de encima mientras no para de hablar almidonando las palabras y levantando las cejas en franca connivencia.
Sin detener ni por un segundo su actitud de conquistador tras la presa, retrae el ominoso vientre, cruza la pierna, toma un cigarrillo y, a través de las volutas, le guiña el ojo. Frente a él, sin asombro, ella espera que pronuncie las palabras; se las sabe de memoria. Acto seguido, Don Juan pone cara de boba incredulidad para ofertar la invitación.
–¡Qué barbaridad, se ha hecho tarde! ¿Almorzamos juntos?
Ante la sonrisa displicente y seductora de ella, se levanta no sin antes decirle:
–Regreso en un minuto, no se vaya.
De inmediato sale de la habitación y entra al baño, se contempla en el espejo, se lava la cara, peina cejas y bigote con un retoque de pintura negra y le da vueltas por las orillas, se enjuaga la boca, se perfuma, ensaya varias poses de galán y una que otra sonrisa; suelta una carcajada de satisfacción y, levantando el pulgar emite por lo bajo una risita de diablillo:  je,je,je. “La traigo mueeerta”.
Y sí, claro que la trae casi muerta, pues ya frisa los setenta. Vuelve a meter la panza y acomoda la camisa. A punto de salir, sus ojos asustados buscan la tira de píldoras azules. Por suerte todavía quedan dos; apura una e, indeciso, se queda mirando la otra. Vuelve a sonreír cual satanás en fiesta y, pelando los dientes de gusto, comenta para sí: “ya veremos, ya veremos qué tan caliente se pone el baile”.
Cuando por fin retorna a la oficina, su semblante, con los labios distendidos hasta casi morderse los lóbulos de las orejas, le dan un aspecto caricaturesco de tenorio y, en efecto, es un auténtico Don Juan.
Se acerca, se posiciona, juega al gato y al ratón, hace avances, ella se retrae hasta quedar pegada al escritorio. Puede imaginarlo sobándose las manos y relamiéndose el bigote.
Permanece impávida, conoce el final de la película y… eso le divierte. Los modales estudiados son parte de su exagerada personalidad del viejo rabo verde. Suena el interfón. A duras penas ella consigue voltearse para asir el auricular; entonces, el moscardón aprovecha la imprevista oportunidad. Se le pega contra la retaguardia untándole su alterada hombría a las nalgas mientras su rostro arrugado se enreda cual culebra entre su nuca.
Cara a cara, a manera de interrogación, sube y baja las tupidas cejas como queriendo adivinar quién está del otro lado de la línea. Resoplando ardor, exhala un aire de quemante lujuria tras la oreja para obtener una reacción positiva de la hembra que, permanece ajena al arrumaco, en espera de que la telefonista le pase la llamada.
Cuando por fin le informan, ella se vuelve y, atrapada, soporta al viejo que casi la monta. La espalda arqueada queda a escasos centímetros contra el escritorio. Ahora la avasallante virilidad del anciano arremete contra su vientre como queriendo traspasar las enaguas. Tapa la bocina y con voz baja le informa:
–Es… su mujer.
La respuesta sale disparada.
–ESTAMOS EN JUNTA –(vaya que tiene razón, más juntos no podrían estar).
Con voz serena de secretaria ejecutiva transmite la información. Al otro lado de la línea se escuchan sonoras vociferaciones y, mientras el viejo mete mano, a cada alocución de la señora sólo dice: “sí señora, se lo diré señora, claro señora, ya ve que estas juntas de trabajo son así, laaargas, muuuy laaargas. No señora, yo le paso su mensaje. ¿QUE SUS NIETOS QUÉ? Permítame señora veré si puedo interrumpirlo”.
El anciano no quiere interrupciones, con la mano libre hace un insistente ademán de ¡nooo! y frunce la nariz en señal de fastidio, e intenta resbalar sus babeantes labios por el cuello de ella que pretende parar el acoso amenazando con el auricular.
De nueva cuenta se voltea para retomar la interrumpida discusión con la airada mujer:
–Lo siento señora, de verdad, lo lamento. Don Juan no está disponible, es junta de consejo, ya ve como son estas cosas de funcionarios.
La vieja grita:
–Pues si es junta de consejo, ACONSÉJELE que no vuelva tarde a casa porque… ¡NUNCA AMENAZO EN BALDE!
Mientras ambas deliberan, las manos inquietas del jefe han logrado casi desabotonar la blusa, la temperatura del ambiente se hace densamente alta. El arcaico jadea y ella le da el avión a la señora de Don Juan con un tono comprensivo y cariñoso:
–Yo se lo mando a casa en cuanto la junta termine, no se enoje, son asuntos importantes. La falda está a punto de llegarle a la cintura. De pronto… tocan a la puerta.
El viejo se retira apenas a tiempo de que Margarita, la telefonista, irrumpa en la oficina preguntando con pegajosa voz:
–Licenciado salgo a comer, ¿se le ofrece algo más?
Lo único que recibe es una furibunda mirada del cuzco señor.
–¿En qué nos quedamos?
Margarita entra de nuevo.

–Perdón, se me pasó decirle que su mujer está en camino.

Autor: adrixnac

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