FUNERAL

Cuento por María González Romano

Don Ramón
La pequeña Lilián pasaba las horas en el cuarto de su padre sentada en el piso escuchando el sisear del respirador artificial al que estaba conectado don Ramón, un oficial otrora fuerte como un roble.
De vez en cuando, soltaba sus juguetes, se acercaba a la cama y recostaba la cabeza sobre el pecho de su padre. Él la miraba con ternura y, sin palabras, le externaba una súplica para que lo separara del respirador por algunos instantes; ambos se fundían en una sonrisa de complicidad. Ella le quitaba la mascarilla y aprovechaba para llenar de besos esa cara cenicienta que poco a poco se iba apagando.
Don Ramón insistente le preguntaba a la pequeña:
–¿Lili, me amas?… ¿Cuánto me amas?
–De aquí hasta el cielo y mucho más allá papito. ¡Claro que te amo, eres mi héroe!
¡Dios, cómo amaba Lilián a ese hombre cuya vida iba deshaciéndose ante sus ojos! No lo miraba como un moribundo; con la inocencia de sus diez años ni siquiera concebía que su padre falleciera. La muerte y la enfermedad no habían tenido ninguna presencia en su corta vida, de modo que no se explicaba por qué su papá no podía levantarse de la cama y mucho menos el motivo de que permanentemente aquel aparato le cubriera el rostro.
Hasta hacía poco eran inseparables y se divertían mucho. Cuando el militar estaba sano, por las mañanas, se sentaba en la silla de extensión con su periódico. Lilián permanecía a su lado en el suelo jugando y espiando el más mínimo detalle que le insinuara que la miraba para saltar a sus piernas, cubrirlo de besos y abrazarse a su cuello. Ella le cantaba y él le correspondía narrándole cuentos de sus vivencias en el ejército en tiempos de la Revolución Mexicana.
Don Ramón era su héroe, el amor de su corta vida, el oficial que más admiraba. La defendía a capa y espada ante el menor indicio de peligro. En varias ocasiones había reprendido a Escalante, soldado asignado al servicio del general, por limpiar frente a la niña las armas, pero Lilián siempre se las arreglaba para estar presente cuando Escalante lo hacía, y le aturdía con mil preguntas.
–Escalante, ¿por qué las limpias tanto y las guardan en el armario de papá?
–Son ¡muy peligrosas! Lili y, para el general, ¡muy importantes!; con éstas se defendían los militares como tu papá durante las revueltas revolucionarias.
Muy temprano, don Ramón la llevaba a la escuela que estaba tan sólo a unas cuantas calles de su casa; Lilián iba asida de su mano y a duras penas le seguía el paso al general. En el camino se topaban con numerosos oficiales y soldados, quienes se llevaban la diestra a la frente para saludar, lo que llenaba de orgullo a la pequeña que, a su vez, devolvía el saludo imitándolos y se pavoneaba junto al señor que iba impecablemente vestido con el uniforme marcial, el cual, según refería la niña, lo dejaba extremadamente guapo.
Don Ramón le aconsejaba.
–Saluda Lili, el uniforme te hace importante, cuida siempre de llevarlo con aplomo y ¡muy limpio!
Ahora que su papá se encontraba postrado en esa cama y recluido en aquella habitación sólo se alejaba de su lado cuando la obligaban a comer, dormir o bañarse; hasta sus deberes escolares los realizaba junto a él. Para doña Elisa, madre de la pequeña, era cotidiano que Lilián no dejara la habitación ni para jugar con sus amiguitas, a quienes también les molestaba que pasara tanto tiempo encerrada.
-Lili, no debes estar tanto tiempo con papá, debes de salir a jugar.
–¡No!, me gusta más estar con él porque está triste; no puede levantarse de la cama. Por favor déjame quedar con él, ¡te lo suplico!
La señora pensaba que Lilián tenía razón; veía reflejada una infinita tristeza en la mirada de su esposo; esa pesadumbre que sienten los enfermos terminales ante la certeza de que no les queda mucho tiempo en el mundo de los vivos y no quieren despedirse de los que aman. Aun así, a la señora le preocupaba que su pequeña hija pasara demasiado tiempo en ese cuarto, donde él extinguía sus fuerzas y sus días… La noche del año nuevo pasado el militar se había puesto mal, fue un infarto del que se salvó. Ahora estaba en reposo y auxiliado con el respirador para prolongarle la vida.
Aquella tarde, habiendo peleado Lilián con su hermano mayor, lloraba berrinchuda junto a su padre, quien la abrazó.
–Acércate –le dijo.
Limpiando las lágrimas de la niña con las frías manos, pronunció:
–No llores Lili, guarda esas lágrimas, derrámalas todas cuando yo me vaya, porque algún día tendré que dejarte, y después no vuelvas a llorar. Cuando me veas dormido y no logres despertarme, deposita entre mis manos la trenza de tus cabellos que guardo en el ropero para que me acompañe donde esté. Yo te aseguro que algún día volveremos a reunirnos y ¡todo será mejor!
Luego la besó, y antes de soltarla le susurró al oído otra petición, luego… se despidió.
–Te amo Lili, recuerda que si me ves dormido no te asustes; cuando despierte jugaremos y te leeré muchos cuentos como antes. ¡Lo prometo!
Debía ir a la escuela, así que cuando lo vio cerrar los ojos, salió del cuarto más tranquila. La puerta selló tras de ella la presencia de su padre y la existencia feliz; jamás lo volvería a ver con vida. Más tarde, se había puesto mal. Vino el médico, que encontró la mascarilla del respirador a un lado de la cama. El militar expiraba. Retiró el equipo de oxígeno y meneó la cabeza. Una hora después de haberse ido la chiquilla… el oficial murió.
A Lilián le enviaron de regreso a casa. En la puerta del plantel le esperaba su hermana Mercedes. En el trayecto de vuelta, Lilián iba muy alegre porque se libró de las clases; al menos le habían anticipado la salida y deseaba regresar a jugar a la habitación de su papá, ni siquiera pensaba en por qué le habían retirado temprano. Ella sólo sabía que fuera lo que fuera, el motivo le daba la oportunidad de volver con él antes de tiempo y de que se durmiera como le había dicho y no volviera a despertar.
Iba riendo. El alboroto de los niños cuando le vieron asomar en la calle de su hogar le asombraba y, sorprendida, no se explicaba el motivo. Antes de llegar a casa vio que algo estaba raro; ¡Había demasiada gente en la calle!, sobre todo carros del ejército, oficiales y soldados. Una vecina la hizo entrar en su vivienda. Lilián sólo quería que la dejaran llegar.
–¡Déjeme salir, seguro que mi papá se ha puesto mejor y se ha levantado de la cama! ¡Quiero ir con él! ¡Por favor!
La señora separó a su hermana Mercedes de ella y le dijo:
–Mercedes, anda para tu casa, Lili se queda conmigo.
Lilián, forcejando, se zafó de la vecina. Se fue corriendo y, agitada, se coló por en medio de aquellos militares que se habían apoderado de su hogar. ¡Estaban por todos lados! Eran una maraña de uniformados apostados dentro y fuera de la casa.
Se detuvo a las puertas del cuarto y, sin asombro alguno ante la difícil escena, se acercó a la cama. Había cuatro velas muy grandes, una en cada esquina, y con un soldado muy firme a su lado. ¡Demasiadas flores y coronas con listones con nombres extraños! Dormido en aquel lecho raro estaba su padre: con el rostro tranquilo, los ojos cerrados y vestido con el traje de gala de oficial del ejército que hacía tiempo no llevaba puesto.
Se encaramó sobre el borde y comenzó a besarlo. ¡Estaba demasiado frío! No hacía preguntas ni buscaba explicaciones. Lilián únicamente fijaba la atención en la figura de su padre recostado en aquella cama con los brazos y las manos cruzadas sobre el pecho; tenía sobre éste todas sus medallas y barras. Le tomó una mano y se sentó en el piso, entre los soldados que hacían la guardia de honor.
No quería moverse ni permitió que alguien lo hiciera, y la gente, por respeto o porque pensaban que estaba sufriendo, la dejó permanecer a su lado. No demostraba dolor, no entendía que estaba muerto. ¡Ni sabía qué era eso!, para ella se había quedado dormido y en algún momento abriría los ojos; estaba convencida de volver a verlo pronto y ¡todo sería mejor! él se lo había asegurado tan sólo unas horas antes.
La casa estaba repleta de oficiales, soldados y gente que rezaba; los espejos estaban cubiertos de gruesas telas negras y el viejo reloj de la sala ya no sonaba con su eterno tic tac, ni el péndulo oscilaba más. Al frente, en la calle, se formaba el pelotón perfectamente alineado en espera de las órdenes para el cambio de guardia. El militar era un personaje importante.
Los flashes de un fotógrafo captaban las imágenes atiborradas de personas de muy diferentes estratos sociales e incluso del muerto ubicado en su albo camastro y que era el protagonista de aquellas sombrías escenas. El ambiente se dibujaba de llantos, pláticas, rezos e incienso cuya escenografía iba invadiendo un denso aire con olor a flores, velas y muerte.
Lilián permaneció ahí durante todo el tiempo que lo velaron. De vez en cuando, si alguien se acercaba a decir una oración, ella preguntaba: ¿A qué hora se despertará mi papá? Nadie le respondía, sólo le acariciaban el cabello y le miraban con pena. Sus hermanos mayores, al llegar, gritaron y lloraron desesperados. Ella poco comprendía de aquel drama: su lugar estaba como siempre al lado de él, no quería dejarlo solo ¡ni un instante!
Le hablaba y hablaba, pero él permanecía quieto, con el rostro muy sereno y casi gris. Ya no había sonrisas para ella y no la miraba con ternura. Para Lilián, se había quedado dormido y no había forma de que abriera los ojos. La niña no lloraba ni siquiera por imitación.
A Lilián la hicieron a un lado y vio que lo pusieron dentro de una caja. Ella ni siquiera protestó cuando la alejaron; Comprendió que se lo iban a llevar y se acordó de su cabello trenzado, el que le dijo que le pusiera entre las manos cuando se fuera. Corrió al cuarto contiguo y lo buscó sin éxito.
Cuando se volvió para pedir ayuda se topó con el rostro desencajado de su madre que se había tornado terriblemente envejecido y tenía los ojos inundados de lágrimas y exageradamente hinchados. En sus manos, sostenía los cabellos. Le suplicó que los depositara en las de su padre: Mamá, mamá, dame mi trenza, papá me dijo que se la ponga cuando se fuera. Pero su madre, sin expresión alguna, se alejó de ahí sin soltarlos. ¡Todo fue inútil! no encontraba cómo obtener aquella trenza, pero escuchó a una vecina comentar:
–Si se la ponen al General, irremediablemente se llevará a la niña.
Lilián, desesperada, contestó:
–Qué le importa. ¡Eso quiero, que me lleve con él!
El cortejo fúnebre sería largo y solemne, como lo merecía un oficial de alto rango, que además había pertenecido al Frente Zapatista de la Revolución Mexicana. Sobre los hombros de cuatro soldados salió el féretro de la casa. “Que no vaya, no lo va a soportar” escuchó decir, y únicamente comprendió que hablaban de ella al momento que intentó seguir tras el cajón, subir al auto y no se lo permitieron.
Acudió en busca del sargento Escalante, éste la abrazó y le dedicó una triste sonrisa. Lilián le suplicaba jaloneándolo:
–Escalante, ¡por favor!, llévame a donde va mi papá.
Pero Escalante, parado junto al auto en el que se acomodaron los hermanos, parecía no escucharla.
El traslado fue despacio y silencioso, la carroza, que abría el recorrido, transitaba como en cámara lenta. Detrás marchaban tres bandas de guerra: la del ejército y las de las escuelas donde estudiaban los hijos. Con sus tristes acordes ejecutaban la acompasada marcha fúnebre. Tras éstas desfilaban los carros de un sinnúmero de oficiales de alto nivel, los del “Frente Zapatista” y al final los autos de amigos y familiares que acompañarían al General hasta el cementerio.
Escalante, que siempre observó el gran amor que se tenían padre e hija, tomó la decisión de esconderla en el vehículo oficial para llevarla al panteón. Una vez ahí, Lilián miraba entre el amontonamiento de civiles y militares la caja ahora cubierta con una bandera, el toque de silencio, los discursos, los disparos de salva y los besos de despedida. Escalante la sujetaba firmemente de los hombros para evitar que corriera hacia el lugar.
–No te acerques Lili, tu padre ya no está en ese cajón; se ha salido y algún día se reunirá contigo.
Lilián miró que un oficial doblara cuidadosamente el lábaro patrio y las cintas que ostentaban las coronas y las depositara en manos de su madre, quien estaba vestida toda de negro al igual que sus hermanos; estos recogieron un poco de tierra y la tiraron sobre el ataúd mientras descendía en aquel agujero.
Lilián se acordó de las palabras de su papá y pensó que sólo le quedaba volver a casa para esperar. Ya tendría tiempo de buscar la trenza y pedirle perdón por no ponerla entre sus manos. Estaba más que segura de que volvería a verlo muy pronto.
La penumbra comenzaba a bosquejar de negro aquel sitio. Cuando todo hubo concluido y la gente fue abandonando el panteón, dócilmente se dejó conducir por Escalante hasta el automóvil. Ya no quedaba nadie. Aprovechó el descuido del soldado e inesperadamente se bajó del auto y corrió hasta la tumba, se detuvo ante las recién colocadas baldosas y sonriente: se encogió de hombros, le guiñó el ojo al vacío, pronunciando:
–Nadie sabe que no estás ahí, ¡es nuestro secreto! Hasta luego papito, no tardes mucho en volver, ¡lo prometiste!
Luego caminó lentamente de regreso al auto. Escalante esperaba verla al fin soltar el llanto, pero no ocurrió.
De vuelta a su casa, Lilián entró. El barullo de la gente que se había reunido después del sepelio retumbaba en la sala. Ninguno se fijó en ella cuando la cruzó y se dirigió de inmediato a la alcoba que estaba entreabierta. Se metió y pasó el cerrojo para que nadie entrara.
El lugar aún conservaba el aroma de las coronas de flores. En un rincón de la estancia permanecía el tanque de oxígeno y la mascarilla. Lilián se quedó contemplando fijamente la pequeña llave del tanque de oxígeno… tomando la foto de su padre entre sus manos murmuró:
–¡Qué fácil fue ayudarte papito a dejar todo eso que no te permitía salir del cuarto para jugar conmigo! Je, je, je ¡Es… nuestro secreto!
Luego… se desplomó llorando.
-¡No me dejes sola papacito!, ¡Por favor regresa, te extraño mucho!
Lilián empezó a buscar desesperadamente la trenza que había prometido darle a su papá cuando se fuera, pero se topó con el armario donde se guardaban las armas. Sacó la pistola de su padre, se acostó en la cama vacía y, sonriendo, comenzó a jugar con ella.

El sonido de un disparo resonó en la casa.

Autor: adrixnac

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