DIRECCIONES (Segunda parte)

DIRECCIONES
(Segunda parte)

Vagabundo bajo puente
Me acerco a él, quien al sentirme próximo, con la mano extendida golpea suavemente la arena, seña que interpreto como una invitación a sentarme. A distancia prudente, temeroso me arrellano junto al desconocido. Un silencio tenso inunda la atmósfera, que bien podría rebanarle como si fuera un pastel.
     El pordiosero rompe la tensión, y con un ligero acento extranjero dice: “Acostumbro venir a esta hora a ver el amanecer. Como si la  vida renaciera. Es muy bello, ¿no le parece?”
El temor se desvanece y en su lugar se instala una inmensa curiosidad. La forma respetuosa en la que formula su pregunta me revela que no es un vagabundo cualquiera, ¡qué va!
Y esta vez el destino está a punto de regalarme la sabiduría que poseen las almas libres, las almas de los justos.
Hoy, puntal estoy aquí, dispuesto a la generosidad que la vida me ofrece. Tantos caminos y tan diferentes direcciones; experiencia acumulada.
Sin más preámbulo, el hombre comienza a contarme su rutina: 
—Estas cálidas aguas me ofrecen todo lo que necesito. Los días que no llueve, además de bañarme, pesco lo que voy a comer. El menú es digno de reyes. Mire usted: langostas, camarones, pulpos, boquinetes. Tengo mucho para elegir, y todo aquí, al alcance de mi mano. 
—¿Se los come crudos?
Suavizando la estupidez de mi pregunta, el hombre sonríe, mientras agrega:
—¿Ve aquella casita abandonada, la de techos rojos? Allí adentro los pescadores han colocado una parrilla para cocinar sus alimentos. Son muy generosos y me permiten utilizarla. Algunas veces compartimos la comida; otras, las que más, salen muy temprano a pescar, dejando el fuego prendido para que yo me sirva de él. Como parte de un acuerdo tácito, coopero con la leña que recolecto junto a los manglares.
—A eso yo le llamo un círculo virtuoso.  
—Exacto, añade el desconocido.
Colmada el hambre, camino hacia el bulevar. Ahí  paso el resto del día viendo a la gente. Algunos se detienen y me miran. La expresión de su rostro revela que ven en mí a un animal; otros me regalan alguna moneda, evitando tener cualquier contacto físico conmigo. Yo los observo y siento inmensa  compasión. Todos ellos atrapados en una inmensa jaula. Sólo Dios sabe quién de nosotros se humilla más.
Avergonzado, confieso: “He hecho lo mismo”.
—Lo sé. Lo he visto cuando pasa a mi lado. Recuerdo incluso que me tomó una fotografía desde su carro. Pero no se apene. Yo solía hacer lo mismo.
Y continúa con la misma parsimonia:
—Cuando hace mucho calor me cubro bajo el puente. Si el tiempo es bueno, duermo aquí, en la playa, de lo contrario debajo de alguna cornisa cercana al puente.
—¿Por qué no duerme en la casita abandonada?
—De noche es un lugar peligroso. Allí se reúnen los dealers para entregar sus mercancías.
Sin más, comienzo a tutearlo:
—¿De dónde eres?
Nací en Belice, aunque la mayor parte de mi vida he vivido fuera. Mi padre es inglés. Supongo que por esa razón consideró que era mejor enviarnos a internados en Europa. Siendo apenas unos pubertos, mi hermano y yo dejamos Belice para regresar muchos años después.
—¿Y cómo fue que… (retardo un poco la segunda parte de mi pregunta) caíste en desgracia?
A rajatabla contestó:
—Me liberé.
Sin disimular mi excesiva curiosidad, lo interrogo:
—¿De quién o de qué?
Gira la cara para plantar su mirada en la mía, y sonriendo contesta:
—De lo que se esperaba de mí. De mí mismo.
La claridad de su mirada y la contundencia de su respuesta me llevan a concluir que por primera vez en mi vida estoy ante alguien que no miente. Esta sensación es la que me empuja a decir:
—Eso es lo que afanosamente he estado buscando: liberarme de las creencias limitadoras que me encierran y que no me  permiten ni ver ni sentir más allá de lo que la “cultura” me impone.
De nuevo percibo su mirada… observándome. Respira profunda y pausadamente, y cuando creo que va exhalar, añade:
—Nietzsche decía: “Eres igual que un cerillo. Para que puedas vivir tienes que consumirte”.
Escucho un estruendo dentro de mí, como si de pronto mi columna vertebral se alineara, y al hacerlo por fin me sintiera vertebrado, sostenido por un andamiaje.
Mi mente interpreta el sentido profundo de la frase: “Quien no contempla la muerte no contempla la vida”. Y esta persona, antes un extraño, ahorita tan cercano, percibe mi estado, y prosigue:
—Dejar atrás al que creí que yo era fue más un acto de supervivencia, que de valor. Durante años viví enfrascado en un pleito con mi hermano por la posesión de los bienes de mi padre. Un día incluso pensé en matarlo. Fue a partir de ese momento que caminé en otras direcciones. Me despedí. Dije adiós a ese que fui y me marché.
Con voz trémula añado:
—Se escucha tan fácil, casi poético. ¿Pero por dónde comenzar?
—Derrotándose. Libramos una lucha perdida ya de por sí. Al final todos terminamos vencidos, sometidos, aplastados por el consumismo brutal del que somos víctimas. Condenados a una sociedad light. Al marcharme, y sin ni siquiera pretenderlo, me regalé la libertad, me regalé la vida.
Pregunto más movido por el interés de escucharlo que por ignorar el término: “¿Sociedad light?”
—Así es ahora, pero no siempre lo fue, lo que significa que hay opciones… ¿Cómo te llamas?
Su pregunta me toma por sorpresa… Cómo decirlo, tan de sentido común. Es extraño cómo algo tan simple puede desconcertarme tanto. Tengo la certeza de que cuando mi nuevo amigo pronuncie mi nombre, me bautizará.
Después de una pequeña pausa, contesto: “Luis Fernando”.
—Pues bien, Luis Fernando, el hombre light surge como consecuencia de haber perdido todos los valores e ideales. Como caldo de cultivo, se propaga en una sociedad donde el consumir es sinónimo de bienestar. Light, porque al igual que esos productos que esgrimen ligereza, está vacío. Sus ideas son confusas y quizá la característica que más lo describe es un egoísmo exacerbado.
Sus palabras me provocan desolación, como si la desesperanza se instalara en el paisaje. Las expresiones de mi cara cambian muy rápido. El hombre las percibe, mientras añade con firmeza:
—No siempre fue así. Hay opciones.
—¿Cuáles? —pregunto.
—Tendrás que encontrarlas tú. No esperes que alguien o algo te dé las respuestas. La creatividad del pensamiento es una de las mejores herramientas que puedes emplear. Ejercerla libremente nos lleva a crear nuevos rumbos; a romper paradigmas. Es esa fuerza que nos mueve, que nos obliga a estar cuestionando, buscando, y que, contrario a lo que se piensa, no es exclusiva de artistas o de seres iluminados. El hombre que deja de buscar, está muerto.
Es inexplicable la fuerza que tienen las palabras cuando el oído está dispuesto. Todo a mi derredor permanece intacto, pero algo dentro de mí se transforma. Me repliego a la comodidad de mi espíritu, preparándome para renacer.
—¿Y tú, cómo te llamas?
—Richard. Richard Parker.
Lo nombro, y al hacerlo lo bautizo. De buenas a primeras agrego:
—Comprendo. Hay personas que teniendo todo en contra, salen adelante. Demuestran un carácter creativo. A otras, por lo contrario, la vida les ofrece más y sin embargo se marchitan habitando un agujero que comenzaron a cavarse en el pasado. Algunas veces incluso los golpes son imaginarios, pero aun así, los sienten reales. Derrotados ante la posibilidad de elegir otras formas, continúan cavando esa fosa, incluso agrandándola.
—¿Y tú, a cuáles perteneces?
Pregunta lo que yo, en silencio, me formulaba.
—He recorrido ambos caminos. Durante mucho tiempo he vivido intoxicado por conceptos que me han hecho daño, que como costras adheridas me envenenaban. Creencias que he lavado con ácido cáustico. Despojarme de ellas ha sido doloroso, dejando en su lugar un corazón  libre de prejuicios, listo para hacer uso de una creatividad interior renovada. Me es difícil expresarlo. Es como si fuese un huevo y, dentro de mí, tuviese un germen que empolla un corazón creativo en busca de su razón. Ese algo que revele el sentido profundo de mi estancia en este planeta. Suena pretencioso, pero así lo siento.
Richard sonríe, y agrega:
—Sin duda una empresa difícil. Muchos lo han intentado, aunque muy pocos lo han conseguido.
—Lo sé, pero el saberlo poco ayuda. El germen sigue ahí, palpitante —contesto con firmeza.
—Busca  el camino que  consideres necesario, y al hacerlo no descartes la ruta que parezca simple, sencilla. Mantén el alma dispuesta a encontrar, con claridad y comprensión, las circunstancias que te rodean. Para encontrar en lo infinito, hay que diferenciar para luego juntar.* Quizás, sólo quizás, eso te ayude a encontrar lo que buscas.
Sus palabras me fortalecen, confirmándome que de alguna manera es la vía por la que intento transitar.
Un silencio cómodo penetra el paisaje. El mar se entinta con múltiples tonos azules. A lo lejos, la isla es salpicada por destellos dorados que atraviesan las nubes. Richard corta el silencio mientras dice:
—Dentro de poco me iré de aquí. Mi misión ha terminado.
—¿De cuál misión hablas?
—Muy pronto lo sabrás.
Sorprendido, pregunto:
—¿A dónde vas?
—A los mares del sur.
—¿Como llegarás hasta allá?
—Lo he hecho varias veces. Viajo como polizonte en las naves que transportan mercancías a esos destinos. A decir verdad, conozco algunos marineros que me permiten abordar las naos. Zarpo de Cozumel hacia Venezuela, para después continuar hasta Tierra de Fuego, en donde pasaré el verano. Hay algo que debo hacer allá.
Del pasmo, sólo acierto a decir:
—Quiero ir contigo.
Siento su mirada profunda, penetrante.
—¿Estás seguro?
Con un susurro casi inaudible, contesto:
—No, no lo estoy.
De pronto Richard adopta un tono serio para decir:
—Si tratas de seguir el sueño de alguien más renuncias al propio. Tarde que temprano te sentirás traicionado por ti mismo.
Lo sé. Nunca en mi vida me he sentido así… cómo decirlo… Por primera vez me siento en confianza total. Y ahora tú…
—Confía en ti. Escucha a tu corazón, que él sí sabe adónde llevarte. El saber puede comunicarse, la sabiduría no.
Doy acuse a la cita de la última frase, diciendo:
—Así me siento, cual Siddhartha cuando encuentra aquel barquero sencillo, cargado de bondad, cuya misión era ayudar a atravesar el río con su bote.
De nuevo el silencio nos cobija. Richard se pone de pie y lentamente lo secundo. Extiende los brazos para darme un cálido abrazo. Sonriendo, dice:
—Llegado el momento, como ellos, nos volveremos a encontrar. Hasta pronto, Luis Fernando.
Agradecido, lo observo marcharse. De nuevo Siddhartha viene a mi mente:
Esa sonrisa, perenne, tranquila, imperturbable, quizá bondadosa, burlona, acaso sabia, múltiple… Así sonríen los seres perfectos.
Un movimiento vertiginoso me envuelve, como si bajara en un elevador desbocado. Luces centelleantes se desbordan a mi alrededor. Una atmósfera acuosa me invade. Aturdido, escucho voces lejanas sin comprender lo que dicen. Algo me sacude violentamente, como si el elevador llegara a su destino. Las voces son más claras. Entiendo lo que dicen:
—Está regresando.
Lentamente abro los ojos y, girándolos, descubro mi cuerpo conectado a numerosos aparatos. Un fuerte olor a merthiolate penetra sobre la mascarilla que cubre nariz y boca. No siento mi cuerpo. Con impaciencia intento mover un brazo para arrancar éste que aprisiona mi aliento. Alguien se acerca, lo retira.
Emito un sonido extraño, diferente; una voz nueva, desconocida para mí:
—¿En dónde está mi familia?
—Está usted en terapia intensiva. Lo pasaremos a terapia media y ahí podrá verlos.
Los párpados se me cierran. Me invade el sueño. Me dejo llevar. Me han liberado de la mascarilla. Respiro sin ayuda de aparatos. Mi organismo recupera su autonomía. Un hormigueo corre por todo mi cuerpo. Las sensaciones han cambiado. Algo tan cotidiano como abrir los ojos, despertar, me resulta extraordinario. Un pesado cortinaje cae, develando las siluetas de mis hermanos alrededor de la cama.   
—¡¿Qué ha pasado?! pregunto con esta nueva voz.
—Tuviste un terrible accidente. Has estado varios días muy mal. Lo peor ha pasado. Lo importante es que pronto te llevaremos a casa —contesta mi hermano mayor.
Sollozando, mi hermana menor exclama:
—¡Tenía tanto miedo de que…!
Los demás, esforzándose por ocultar sus rostros afligidos, consternados,  al unísono la interrumpen:
—¡No. Por favor ahora no!
—Déjenla digo con voz trémula.
Al sentirse protegida, con lágrimas que escurren sobre su bello rostro, continúa:
—Los doctores no daban esperanzas. Una noche nos permitieron estar cerca de ti, para despedirte. Estuvimos todos hablándote al oído, animándote, suplicando que te quedaras con nosotros. Claro que nos escuchabas. ¿Verdad que sí nos oías? Yo te escuché, muy quedito. Nadie me creyó. Era casi un murmullo. Decías algo sobre un hombre que vive bajo un puente. ¿Verdad que sí?
Respiro profundamente, recuperando aquella hora tintineante que había quedado ahí, esperándome, suspendida en el infinito. Las lágrimas me nublan la vista. Con voz quebrada, respondo:
—Escogí vivir. Ésta es mi nueva dirección: LA VIDA                                                             

Autor: adrixnac

¡Amante de la tecnología!

One thought

  1. Charlie,
    ¡Me encantó la trama y el lenguaje!
    “Un círculo virtuoso
    Condenados a una sociedad light.
    —Si tratas de seguir el sueño de alguien más renuncias al propio.
    Escogí vivir.”
    Y el final inesperado.
    Felicidades

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