SÍNDROME DE MEDEA

“Todo lo que somos es el resultado de
lo que hemos pensado; está fundado
en nuestros pensamientos y está
hecho de nuestros pensamientos”.
Buda.
Por Luz de Luna


Muchas veces nos hemos preguntado cómo hay madres y padres que abandonan, golpean y maltratan a sus hijos, incluso llegan a matarlos. A esto los especialistas lo llaman el “Síndrome de Medea”, situación patológica que incluye el abandono, el daño físico, las agresiones psicofísicas o afectivo-emocionales, daño social, económico e incluso la muerte que, en ocasiones, reciben los hijos de padres separados.
El Síndrome de Medea es un término que se originó a partir de la tragedia griega de Eurípides, que relata la triste historia de la sacerdotisa Medea, esposa y madre, que para castigar la traición de su esposo Jasón, quien la abandonó por la hija del rey de Corinto, sacrificó la vida de sus hijos para que el dominio de mujeres sobre hombres quedase asegurado.
Y es que en la antigua Roma el padre era el que tenía el derecho de matar a sus propios hijos, bajo la ley “Patria Potestas”. No fue sino hasta el siglo IV que, influenciada por el cristianismo, se comenzó a considerar el asesinato de los vástagos como un crimen. Otras culturas a través de la historia han tratado el asesinato de los hijos con similar ligereza e impunidad.
El síndrome que nos ocupa se refiere a un cuadro de síntomas que caracteriza a la madre (en ocasiones el padre), que en respuesta a los conflictos y al estrés que se derivan de la relación con su pareja, descarga todas sus frustraciones con agresividad hacia su descendencia, llegando incluso a utilizar al hijo o hija como un instrumento de poder y de venganza, hasta arrebatarle la vida.
Se piensa que algunas mujeres identifican la maternidad con la feminidad, reafirmándola con el reconocimiento del otro, y que matando al hijo destruyen el vínculo de unión con su compañero, valorando a los hijos como cualquier adquisición material.
Estadísticamente las madres “Medea” suelen matar a sus hijos cuando son pequeños; los padres, cuando son adolescentes. Estos padres se sienten agobiados por sus hijos, llegando al delirio de verlos como monstruos, y considerando que alguna “persona, entidad, demonio o ser maligno” les ha cambiado.
Según investigaciones recientes, el síndrome o complejo de Medea puede también darse en la gestación, ya que se provoca un estado psicobiológico que en situación de conflicto entre la pareja puede generar grandes cambios en la mente de la madre y el futuro bebé, generando esta hipótesis el concepto de microsicoanálisis y de “guerra intrauterina” entre madre y feto, asociando el síndrome a la incapacidad de la madre a mantener la gestación por razones psíquicas y en el contexto de su relación personal y emocional con el padre.
José Cabrera, psiquiatra forense dice: “El odio a la pareja puede más que el amor a los hijos. El complejo de “Medea”, es simplemente un deseo desmesurado de venganza hacia la pareja. Puro odio es el que lleva a algunos padres a matar a sus propios hijos en venganza de su mujer o su marido o de la ex pareja.
Y aunque en algunos casos son la locura, los celos patológicos, los brotes psicóticos o los tremendos efectos del alcohol o las drogas los que llevan a cometer estos actos, lo cierto es que en la inmensa mayoría es el odio el que dirige la mano asesina de un padre hacia lo que, supuestamente, más quiere en este mundo.
Porque el odio ciega, nubla, y la intención de hacer daño al otro convierte a los hijos en meros instrumentos. “Los hijos pasan a ser sólo los hijos del otro”.
El que uno de los miembros de la pareja, en este caso el hombre, sospeche que los hijos no son suyos, con razones fundadas o sin ellas, es la forma más cruel de hacerle daño a la otra persona”.
Javier Urra, también psicólogo forense, dice: “El odio puede al amor, y paga el más débil. La fuerza del amor es mucha; la del odio es incalculable. Los hijos se instrumentalizan para causar daño al otro. Si a esto se le añade el suicidio del progenitor asesino, se da un paso más a la venganza. ‘Yo me voy, pero a ella/él le dejo un sufrimiento inenarrable”, para toda la vida’. Y lo hace porque le odia”.
Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.
Muchos lo llaman también “delito de Filicidio”, la mayoría de las veces, cuando esto ocurre, la sociedad intenta justificarlo bajo el parámetro de la “locura”, pero, ¿son enfermos mentales las madres y los padres que lo cometen? La respuesta es no.
A pesar de que el instinto maternal es el más fuerte e intenso que se conoce, una madre desnaturalizada lo corrompe y lo desvirtúa hasta tal punto que es capaz de desentenderse del cuidado de los hijos, traficar con ellos y hasta ponerlos en venta. Se llega a creer propietaria de su vida.
Hay madres que por temor a ser rechazadas socialmente o en casa, intentan primero ocultar su embarazo y más tarde deshacerse de su hijo. Las hay que lejos de dar otra alternativa a sus hijos (cómo la adopción), tiran al bebé a la basura o los abandonan en la calle.
Hay padres que si no matan a los hijos les dejan secuelas de por vida; hay niños que no hablan y no caminan por las lesiones que sufrieron.

La mayoría de estos padres no son enfermos mentales, sufren lo que los especialistas llaman “enfriamiento del mundo emocional”. Carecen de trabas morales, y las sociedades en las que viven lo callan y no levantan la voz porque carecen de la religiosidad de la que tanto alardean y de la trascendencia espiritual, o tiene un egoísmo patológico, poca capacidad de sorprenderse y ausencia del sentido de la vida como una parte más, no como un fin.

Autor: adrixnac

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