RELATOS SENCILLOS

Por José Salatiel Tec Pool

RELATO 1
Dicen que los k´aues piden la lluvia cantando con sus picos dirigidos hacia el cielo. Y es que no ha llovido desde hace meses en Nohchén. Son polvorientos los caminos. Todo tiene olor a hierba triste. Los indios caminan cabizbajos con los labios resecos y los ojos somnolientos.
El joven profeta reúne a los peones de la hacienda, musita una plegaria y les dice:
Algunos no comprenden, algunos son incrédulos y otros más se yerguen indiferentes ante esta verdad: Existe una íntima conexión entre lo que somos y la tierra en que vivimos. Si nuestros corazones se endurecen por la altivez, entonces la tierra nos retribuye negándonos sus frutos, y los cielos se cierran y se entristecen también; pero si caminamos por el profundo sendero de la gratitud, entonces se vuelven fragantes los caminos, la lluvia rebosará en los aljibes y el viento traerá el olor de pan recién horneado.
Porque después de todo la tierra y nosotros somos uno, nuestro origen se entrelaza, nuestra materia se hace inseparable.
Y habiendo dicho esto extendió las manos hacia el horizonte, y a lo lejos una pequeña nube oscura asomaba desplegándose suavemente hasta convertirse en un inmenso cántaro de agua cristalina.
RELATO 2
Inexplicablemente amaneció muerto, cerca de la hacienda, uno de los caballos del patrón. Los peones lo encontraron junto a la albarrada con el vientre hinchado y las patas tiesas dirigidas hacia el sur.
Cuando el amo lo supo le dijo al mayoral:
¿Así que murió uno de mis animales?
El mayoral respondió: Dos señor ¡También murió un indio!
Entonces el joven profeta se inclinó y besó la frente del animal muerto.
RELATO 3
Siendo de día, de pronto se hizo noche, y las aves se acomodaron en sus nidos. En el monte los animales se refugiaron en sus guaridas como si tuvieran sueño. Los habitantes de Nohchén se encerraron en sus casas.
Es el tiempo en que el Sol se cruza con la Luna, y ellos saben que no pueden mirar ni en el cielo, ni en el agua, ni en las cosas, porque sus ojos podrían oscurecerse para siempre.
Así les enseñaron sus ancestros a respetar el tiempo íntimo de estos astros.
En la casa del joven profeta, en la ventana abierta, él mira con los ojos extasiados la corona de luz que sobresale de la aparente fusión de ambas luminarias.
A él no le preocupa la oscuridad en los ojos. A él le preocupa la ceguedad del alma, porque ésta es más fría y más oscura y casi siempre se trastoca en rebeldía, en desamor, en desesperanza.
Por eso ruega que la fría oscuridad se disipe e impere la luz en el alma de los indios.

Y cuando se hizo de día nuevamente sobre el mundo, en los patios de las casas en Nohchén el Sol selló su huella y parte de la Luna en las hojas de Albahaca; y los peones miraron y tocaron las marcas en las hojas como pequeñas quemaduras, como si parte del Sol y de la Luna quedara atrapada para siempre en sus miradas luminosas…

Autor: adrixnac

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