MÉXICO, DISTRITO FEDERAL

Cuento de María Elena Hernández Maya.


Gruesas gotas resbalan por los vidrios del ventanal situado frente a mí, empujadas unas tras otras por la rabia con que la tormenta las precipita. Nubes cargadas en nostalgias y añoranzas que me contagian. Recuerdos en atropellada cabalgata me toman con sigilo para que en su húmedo contacto vengan a mí remembranzas lejanas.
Seguramente después de leer este párrafo, mi maestro del taller me comentará que: “este principio, no narra ninguna acción”. Pero, en mi defensa puedo referir: la lluvia, y porque estamos en temporada de lluvias en todo el país y aunque por fortuna en la Península no se ha sufrido aún el impacto de ningún meteoro de importancia en su consecuencia destructiva, que me distraiga y que lleve mi atención a otra narración; pero a pesar de ello, debo confesar que la lluvia me inspira y me coloca en el sentimiento de la pesadumbre y la melancolía.
Así que tengo que situarme dentro del mi escenario de añoranzas. Este es el primer nivel. Mi hoy, sentada frente a una ventana que me lleva al nivel del subconsciente para hurgar en mis recuerdos.
Memorar es hilvanar días antiguos para asumir mi origen y no perder de vista ese cordón de plata que me da identidad. Es necesario que me ate a mis propios recuerdos, porque es posible que me deje llevar por la fantasía y me tope con otra niña, de escasos tres años, en donde los recuerdos sean de su día de campo en el Bosque de Chapultepec o quizá en el Parque Zoológico “El Centenario”. Evocaciones que nos trasportan a la ciudad en donde nací, la urbe que te vio crecer en sueños y fantasías de niña. Tomo la estafeta de la niña que recuerda el castillo de Carlota y Maximiliano, para ubicar a esa niña, que bien puedo ser yo misma o cualquiera que nació en la Ciudad de los Palacios, como muchos le nombran, que en esos primeros años, y por las limitantes propias de mi edad se extendía a no más de 3 cuadras a la redonda de mi casa.
Es claro que menciono que gracias a la inocencia de mi tierna edad, mi ciudad era pequeña y no tenía, para mí, la menor importancia todo lo demás. Salvo mis vecinos y mis calles, con sus casas conocidas. Esa, mi primera ciudad; siempre amigable, sonriente y cálida. Vestida de sol y sombra de cúmulos viajeros que en caprichosa voluntad diseñan nuevos escenarios. Olor a césped recién cortado, musicales trinos mezclados con vociferantes claxonazos. Sus banquetas ribeteadas de verdes florales, pulcras avenidas, que perfilaban un sinfín de casas o edificios. Mi casa estaba situada frente a un campo de futbol llanero, o sea sin pasto, sin gradas, sin red en la portería. Y por esta razón, y sobre todo los días en que había partidos –amigables o de alguna liga–, mis padres no me permitían ni salir a jugar al patio de la casa. Las riñas entre estos deportistas que saciaban su sed con cerveza eran frecuentes, porque siempre había desacuerdos y reclamos al resultado final del partido. ¡Benditos deportistas ejemplares! Ellos, mis guardianes, me cuidaban de no ver, escuchar o ser presa fácil de algún delincuente. Pero este recuerdo no es grato, por lo que no debería ni mencionarlo. Pero, ¿cómo no especificar el motivo por el cual tenía que permanecer dentro del pequeño departamento, con mi par de muñecas de plástico rígido a las cuales, gracias a mis poderes mágicos, les otorgaba la posibilidad de dialogar entre ambas y de amarme como yo a ellas?
Este es un recuerdo que afloró después de explorar en el recuerdo de todas las niñas que vivíamos en la misma acera de esa cuadra. Como mi vecina dos años mayor que yo, pero que era más mimada y chiqueada que mi personaje y mis recuerdos de otras niñas juntos.
Mis viajes cotidianos se remontaron a caminar y cruzar una o dos calles para llegar a mi jardín de niños, al mercado parlante y multicolor, al parque con juegos infantiles o al estanquillo de la esquina surtido de golosinas y pastelillos artesanales y no producidos en fábrica con polvo de cucaracha y patas de araña.
Mi maestra de la escuelita, con cara sonriente me colocaba frente a una caja de zapatos llena de trozos de crayolas, que compartía con los demás compañeritos. ¿Por qué a los párvulos se le dan siempre estas crayolas de colores? o ¿los colores de mis recuerdos estaban en las flores de papel crepé que decoraban las paredes laterales del cansado pizarrón? Pero lo que es mi recuerdo compartido es esa caja de zapatos y mis primeras vocales del tamaño de media página del cuaderno. Esta niña toma con fuerza y dibuja el sol de color violeta, un árbol magenta y los patitos verdes en su lago rosa.
Algunos días, si mi papá me subía al automóvil, “ven, gordita, vamos”, me decía. Mi papá me decía gordita, pero no porque estuviera –¿o lo estaba?, o era simplemente el mote por el cual me llamaba–. Así también me llamaba la mamá de la vecinita. Pero creo que esto es de más, ¿qué importa el motivo de ese sobrenombre? Él tenía uno de esos automóviles que yo veía en las películas de Libertad Lamarque, que como no tengo ni la más remota idea de la marca, ni del año del modelo no lo menciono, pero sí recuerdo que era de color obscuro, y era grande y robusto, como pez inflado. Después de mirar por la ventanilla del auto, dada mi estatura, sentada en el asiento trasero, mis ojos apenas llegaban a la altura del inicio de la ventanilla, en donde no tenía permitido bajar el cristal; y lo que alcanzaba a mirar, con mis ojos dirigidos hacia arriba, era una línea aburrida de postes y cables de luz, enmarcados por ventanas de edificios disparejos como un gran rompecabezas incompleto, llegábamos al destino final: la casa de mi querida abuela. Refugio de generaciones.
Nombrar a mi querida abuelita, como es común a todas la abuelitas, debería decir que era una mujer excepcional –excepcional, qué adjetivo tan amplio y tan inexacto–. Para todos nosotros, la abuela y la madre son mujeres ejemplares. Pero, ¿qué diríamos si a la edad de tres o cuatro años se nos preguntara sobre la abuela?, con el pobre vocabulario y la escasa capacidad para hilvanar una oración de más de siete palabras. Por lo que sólo es pertinente, creo yo, decir mi querida abuela. Yo la amaba, la amo y ella, ahora en donde se encuentra, seguramente me ama todavía. Eso es bueno pensar. A todas las niñas su abuela las ama.
Otras veces el motivo era alguna feria parroquial, en donde estaban instalados los juegos mecánicos. Mi padre me montaba en el corcel de mi preferencia. Creo que siempre escogía el que me parecía el más grande; aunque todos son iguales en estos carruseles, las diversas posiciones de las patas o la cabeza me daban la impresión de mayor tamaño. ¡Qué divertido era dar vueltas y más vueltas sin sentido!, simplemente por el deseo de verlo a él, en el mismo sitio agitar la mano cada vez. Mi padre nunca, nunca dejó de estar atento a mi paso, con un cigarro entre sus dedos de la mano derecha, la mano izquierda siempre en alto para darme el foco a mi mirada y saber que estaba bajo su protección. Nunca tuve temor alguno. Esto es lo cotidiano y normal en las ferias, en donde los padres llevan a sus chiquillos a marearse en los juegos mecánicos, a meter bombachas (canicas) en los hoyos de un tablero inclinado. Nosotras las niñas queremos ganar un oso pardo de peluche. O disparar con los rifles que lanzaban municiones con la mira chueca a una laminitas con la figura de animales raros colocados en un tablero con una serie navideña de foquitos de colores del tamaño de una pequeña zanahoria. Nunca supe si las formas de las láminas eran gallinas culecas, caras de osos, ardillas o liebres. Qué bueno sería preguntarle a mi padre sobre su recuerdo de este mi recuerdo. Paciencia y amor para soportar la diez veces palabra repetida: “otra, otra vuelta, por favor”. ¡Ya niña, a casa!
Este mi nido urbano, pequeño y familiar. Conocido y querido. Mi amada ciudad que me parió, alimentó y acunó como madre amorosa entre sus brazos.
En verdad me parió, porque a pesar de sólo vivir el primer tercio de mi vida en esta ciudad, me construí de sus historias escuchadas en el mercado, de sus noticias locales, como por ejemplo recuerdo perfecto algunas escenas televisadas de las Olimpiadas. En el periférico había una ruta con las esculturas donadas por los países que compitieron. Recuerdo las marchas estudiantiles, que causaron tantos comentarios dentro de mi familia. Así como la masacre, que hasta después entendí, ocurrida en Tlatelolco. Mi casa estaba a sólo 10 minutos de la Plaza de las Tres Culturas.
Recuerdo también, como mucha emoción, mi primer viaje en el Metro, de la mano de mi amado abuelo. Esa primera línea que corría a todo lo largo de Calzada de Tlalpan. Para mi abuelo sería el recuerdo de un suceso que nos colocaba a la vanguardia en transportación. Ese mi primer viaje de su mano en un mes de septiembre por la mañana, nunca lo olvidaré, porque fue un recorrido casi sin pasajeros en el vagón. Tú y yo estábamos ahí.
Los años se sucedieron, y conforme esto ocurría la ciudad creció conmigo. Cada año mis pasos me llevaron a descubrir otras fronteras. Otros intereses. Y para entonces, la ciudad amorosa se convirtió en hostil y peligrosa. Esa ciudad que traga y mastica. Regurgita, escupe y devora ya desmembrado. Entorno cruel que me obligó a fugarme de ella. Mi añorada ciudad natal.
Como verán, es el recuerdo de mi ciudad que me enlaza a toda una sarta de remembranzas que no terminan: ¡aún!
Este no fue un cuento clásico, es un cuento o como se le debe nombrar ahora, según el experto Lauro Zavala, “Relato”, porque es un cuento metaficcional.

¡Qué fácil es ahora escribir, borrar y reescribir cuando se cuenta con una computadora y el más simple de los procesadores de texto! Si no le gusta a mi maestro este relato experimental, lo borro y vuelvo a comenzar.

Autor: adrixnac

¡Amante de la tecnología!

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