EL HADA DE LA LIMPIEZA

Cuento de Carlos López Jiménez.


–¡Hola Alfredo! ¡Qué gusto! Pasa por favor –dijo Samuel con cortesía.
Lo primero que me llamó la atención al entrar a la sala de juntas de la Presidencia Municipal fue el enorme cuadro recargado sobre la pared principal. Una copia pintada al óleo de pésimo gusto de “La Creación”, la obra de Miguel Ángel. En primer plano se veía la imagen de Dios barbado extendiendo el dedo hacia Adán para darle vida; sólo que en lugar de Adán, era la cara de Samuel, quien sonreía mientras observaba de frente al mismísimo Dios.
–Y bien, ¿qué te parece? –preguntó Samuel.
Me tomó por sorpresa la desfachatez de su pregunta. No sabía si intentaba burlarse de mí o me ponía a prueba.
–No entiendo… ¿A qué te refieres?
–Antes que nada quiero agradecerte que te hayas tomado la molestia de venir. Sabes que se acercan las elecciones para la gubernatura, y el culto religioso al que pertenezco me envió esta maravillosa obra de arte. Así es como me ven, quiero utilizarla en la campaña pero necesito tu opinión. Huelga decirte que son miles de votos. Pero toma tu tiempo; tengo que atender un asunto muy importante.
“Salgo esta misma tarde a la Ciudad de México. Las cosas están que arden. Tengo una cita con unos auditores de la Federación. Me acusan de no sé cuánta pendejada. Están que no se la acaban. Quieren inculparme en varios delitos. Bien sabes que represento una amenaza para mis contrincantes en las elecciones.
“Yo ganaré; estoy seguro. Pero necesito salir bien de este lío. Mis asesores ya están trabajando en el asunto. Estos hijos de su puta madre creen que me voy a culear. ¡Pues se equivocan! ¡Aún no saben con quién se meten! Los empresarios más chingones están conmigo; también los medios de comunicación más importantes. Ya soltamos un chingo de dinero y todo pinta bien.
“Quédate aquí. Nadie te molestará. Ya di órdenes para que te traigan una copa de vino. Así te inspiras viendo la pintura, y a mi regreso hablamos”.
Desde la puerta, y antes de salir, gritó:
–¡Quiero tu opinión enfocada en la campaña, no una mamada “buñuelesca” de esas que escribes cuando hablas del arte!
Tardé en reaccionar, de entender de qué se trataba el asunto. Soltó su monólogo y ni tiempo me dio de decir nada. De plano Samuel se había perdido. ¡Qué perdido, estaba verdaderamente enloquecido! Ahora se sentía tocado por la misma mano de Dios.
No es que mi opinión le importara, ¡qué va! Quería que avalara su idea de ponerse en el mismo lugar que Adán.
Me fui encabronando más mientras veía la pintura. ¿Con quién pensaba que estaba tratando este pendejo al pedirme semejante disparate?
Mientras observaba el esperpento, mi mente volaba pensando en las posibilidades para zafarme de la situación.
Conocí a Samuel cuando aún no era Presidente Municipal, hace como 5 años, en una cena muy exclusiva en la Rivera Maya. Claudio, el dueño del elegante emporio hotelero, me pidió que supervisara un evento que tenía en puerta. Sugirió que fuera una cena de no más de 50 invitados; en realidad me estaba proponiendo que se la organizara.
Días después hablamos sobre la lista de invitados encabezada por dueños de los principales hoteles y parques de Quintana Roo; algunos “socialités” y un par de estrellas de telenovelas.
–Agrega a Samuel Canché y a su esposa. Mi secretaria te dará su dirección y sus teléfonos. Samuel es un joven con ambiciones políticas que tiene futuro –afirmó sonriendo con cierto sarcasmo.
Después de esa ocasión coincidí con Samuel en varios eventos, aunque no fue sino hasta meses después de la cena de Claudio que caí en cuenta que éste era quien estaba promoviendo su carrera política para beneficios personales. Sí, ya sé, la política nunca ha sido lo mío.
La secretaria de Samuel interrumpió mis pensamientos cuando entró diciendo:
–Aquí está la botella de vino y un puro. Lo dejo a solas.
Me paré sin decir palabra y salí de allí. Fui a recoger a Denise, mi esposa, al el gimnasio en donde pasaba horas queriendo lucir más joven y más buena.
–Hola mi amor –me besó en la mejilla y subió al auto.
En el trayecto a casa le conté sobre lo que Samuel me había pedido y lo encabronado que me sentía. Denise, sonriendo, dijo:
–Qué maravilla y qué orgullo que el Presiente Municipal valore tu opinión.
–Denise, ¿no entiendes?… ¿Cómo crees que me voy a sentir honrado?… ¡Lo que este cabrón me pide es humillante!
Llegamos a casa mientras Denisse continuaba con la cantaleta:
–Debes darle tu franca opinión. Tómalo como una inversión.
–¡Qué franca opinión ni qué nada! Me cae que no entiendes nada.
–¿Sabes Alfredo?…, tu problema es la culpa y tus complejos de superioridad intelectual. Pero en el fondo disfrutas de estas cosas, te conozco bien.
Comenzó a tocarme mientras me besaba. Yo Quería pelear con ella, sin embargo, mi mente se esforzaba por pensar en algo que me distrajera de su mano que, presurosa, descorría el cierre de mi bragueta.
Conocí a Denise en la última premiación a la que asistí, donde las revistas y la prensa especializada me otorgaron el premio al mejor guión de telenovela. Que, valga decir, fue un éxito no sólo en México, pues la empresa la vendió a Rusia, China y no sé cuántos países más. Denise era la conductora oficial de la televisora en el rubro de Eventos Especiales, que no significa otra cosa sino “mala actriz”.
Estando en la cena con el gremio ella me abordó. Mientras me coqueteaba, me confesaba sus deseos de incursionar en la actuación. Terminamos en su casa cogiendo, y recuerdo que cuando nos veníamos gritaba:
–¡Siempre te he admirado tanto! ¡Escribe algo para mí!
La misma historia de siempre. Sólo que esta vez me enculé en ella, sin embargo aplacé sus sueños de convertirse en protagonista de novela.
Decidimos dejar la Ciudad de México. Estaba hasta la madre de ese ambiente, quería dedicarme a escribir en serio. Fue por eso que nos vinimos a Cancún. Además de alejarme de los reflectores, tendría tiempo de escribir una novela o una obra de teatro, que era lo que realmente siempre había querido hacer.
Pero no fue así. Parecía que estaba destinado a continuar por el mismo camino. En cuanto me establecí, la revista Casas y Gente me contactó para que escribiera sobre los ricos y famosos y sus palacetes en la Riviera Maya. Al mismo tiempo que las revistas del corazón locales me convencieron y terminé escribiendo para ellas.
El dueño de Televisca, la empresa en la cual yo tenía contrato de exclusividad en TV, me llamaba o me visitaba para convencerme de que hiciera la segunda parte de la telenovela, “Cuna de Fieras”.
–Alfredo, dime qué quieres: un departamento en París o en Roma. Ponle el precio, pero escríbela.
–No estoy seguro de querer hacer lo mismo –le dije en varias ocasiones.
Pero él no quitaba el dedo del renglón:
– ¡¿Qué chingaos estás haciendo en Cancún?!… Escribe la telenovela y no pierdas tiempo. Hoy en el noticiero de la noche hay un fragmento dedicado a ti. Prende la televisión; eso te ayudará a saber quién eres.
Denisse prendió la televisión a la hora del noticiero, mi sorpresa fue mayúscula al ver que Samuel Canché estaba siendo aprehendido en el momento que trataba de abordar un avión. Lo acusaban de lavado de dinero, trata de personas y un sinfín de delitos más. Ya ni siquiera pude ver el homenaje-chantaje que me ofrecían.
No podía dormir. No sabía si Samuel era culpable o no, o si era verdad lo que me había dicho en la mañana acerca de que lo querían sacar de la jugada. Lo cierto es que esto evitaba que me reuniera con él y decirle lo que pensaba del cuadro y su campaña.
En la mañana, Denisse me despertó con un café y el periódico, el cual hojeé sin detenerme a leer lo que ya había escuchado la noche anterior. Fue una pequeña nota la que llamó mi atención. El encabezado decía: El Hada de la Limpieza. En el centro había una foto de una mujer de 70 ó 75 años, de cabello cano y la mirada extraviada. Al pie de foto: Susan Warren es conocida por los medios de comunicación de Oxford como “El hada de la limpieza”, debido a que irrumpe en las casas sin permiso y las limpia. Por estas acciones fue detenida y encarcelada. (Reuters).
La nota se apoderó de mí los siguientes días. Por las noches soñaba que “El hada de la limpieza” entraba a mi casa y amorosamente la aseaba. Sentía su presencia, su olor; una mezcla de Windix y Pinol.
Así estuve varios días con una sola idea instalada en la cabeza: viajar a Inglaterra a entrevistarme con ella.
–¡Estás pendejo o qué te pasa, Alfredo! –sarcástica Denisse cuestionó–. ¡Qué hada de la limpieza ni qué nada! ¡Esas son mamadas!
“Anoche me llamó ‘La Gaviota’. Le confirmé que iríamos a su boda. No se te olvide que tú la resucitaste después de haberse alejado de la pantalla. Somos de sus invitados especiales; no podemos faltar. Además se va a casar con el próximo Presidente de la República.
“¿Sabes Alfredo?…, tu problema es la culpa. El hecho de que tu mamá limpiara casas en Estados Unidos para que tú estudiaras te llena de culpa. Creí que tantos años en terapia te habían ayudado. (Indicando con los dedos las comillas de sus palabras) ‘Un chiapaneco exitoso’. ‘Un gigante de la creación’. ¿Cómo te lo vas a perdonar? ¡Todo mundo te envidia!”.
No dije nada; solo tomé mi maleta y salí rumbo al aeropuerto. Tenía todo listo para abordar el vuelo a Londres.
Ya en el Aeropuerto de Heathrow me recibió Abel Cifuentes, el agregado cultural de la Embajada Mexicana en Inglaterra. Le había enviado un correo pidiéndole que hiciera los trámites necesarios para que me contactara con Susan Warren, así como la reservación del hotel en Oxford.
Abel, sin preguntar nada, cumplió mis peticiones y me llevó a mi destino en el auto de la embajada. Eso eran nuestros agregados culturares, choferes que te traían y llevaban. Las dos horas de viaje fueron una pesadilla. Lo peor no era el jet lag, sino tener que soplarme la charla del agregado cultural:
–Mi esposa es su fan. Ha visto todas sus telenovelas. Pero dice que la mejor es la de la parchada. ¿Cómo se llama? ¡Ah sí!, Cuna de Fieras. ¿Y sabe señor Olmedo?, coincido con ella, yo me la eché completita. Pero qué mala es esa mujer. Aquí en confianza ¿Habrá una segunda parte? Supongo que se lo han preguntado muchas veces, ¿o no?
–No, cómo cree, usted es el primero –sarcástico contesté.
Finalmente llegamos a Oxford. Abel cargó mi maleta en tanto yo me registraba en el hotel. Se despidió no sin antes pedir al bell boy que nos tomara una foto. Ya en mi habitación me trepé a la cama y dormí hasta la mañana siguiente. Me desperté con buen ánimo para recorrer las bellas calles medievales de la ciudad.
Pasado el mediodía salí a caminar y a visitar los jardines en donde el gran Oscar Wilde paseaba. Sentarme en la banca donde el gigante Lewis Carrol escribió “Alicia en el país de las maravillas” me inspiró. Eso era lo que realmente admiraba. ¿Por qué no podría hacerlo? ¿Por qué traicionarme haciendo lo que no me gustaba?
Una vocecita me retumbó en la mente:
“Ellos eran ingleses y tú un chiapaneco que fruta vendía. Ubícate”.
Llegué puntual a la cita con la señora Warren, quien amablemente me recibió en su casa. Camino a la estancia observé con atención cada detalle de la pequeña vivienda. Todo en orden: los cuadros, los muebles, la limpieza. Los aromas. Ese olor que tanto me gustaba.
Mientras ella me servía el té, saqué mi grabadora para iniciar la entrevista, repasando mentalmente las preguntas que le haría. Extendió su delgado brazo y, con un elegante gesto, me acercó la taza; mis dedos apenas tocaron sus largas y ásperas manos.
De pronto, olí su aroma, Pinol, el aroma de mi madre. Mi lengua se paralizó, traté de decir algo, pero no pude. No sé cuánto tiempo pasó. De pronto, “El Hada de la Limpieza” se paró y sin decir nada, me abrazó.
Las lágrimas rodaban sobre mis mejillas como si se me hubiesen roto los espejos de mis ojos.
Dando tumbos regresé al hotel. Como pude, me tiré sobre la cama y dormí profundamente. O eso creí.
De pronto una nube espesa invade el consultorio de mi psicólogo; acostado sobre el diván observo los objetos de arte sobre su escritorio. Trago saliva y por enésima vez comienzo a hablar sobre mi incapacidad para escribir algo que me satisfaga. Él, en silencio me escucha, de pronto giro la cabeza y sobresaltado descubro el cuadro “Las dos Fridas”, sólo que en lugar de los rostros de la Kahlo, son mis rostros los que aparecen en la pintura.
Agitado le comento sobre mi visión y la profunda sensación de sentirme así, dividido, como estar entre dos mundos, entre dos realidades.
Vagamente lo escucho decir: “Una infelicidad general y difusa es el síntoma de la buena adaptación”.
Despierto con la frase retumbándome en la cabeza. La buena adaptación, repito una y otra vez…
Aún no amanecía cuando tomé el teléfono para llamar a la Ciudad de México.
–Ya tengo la segunda parte –le dije al dueño de la televisora.
Silencio.
–Me pediste que le pusiera el precio… Bien, quiero el cuadro original de “Las dos Fridas”.
Silencio.
–¿El de Frida Kahlo? Pero…
–Sí ese –contesto con firmeza.
–OK. Lo tendrás. Nos vemos en la boda y platicamos. Antes dime cuál es el título.
Con firmeza respondo:

–El Hada de la Limpieza.

Autor: adrixnac

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