LA OSCURIDAD

Cuento de Jesús Várguez Bacab.


La gota de sangre cayó sobre el piso y se dividió en partículas. Le siguieron más gotas hasta formar un pequeño charco.
Karla y Jorge se abrazaron acurrucados en el rincón de la habitación. En aquella casa la noción del tiempo se perdía. De los cuatro jóvenes que cruzaron el umbral sólo quedaban ellos dos.
Tras haber asistido a una fiesta de fin de semana a la casa de campo de un amigo, los muchachos habían emprendido el viaje de regreso a la ciudad. En un tramo de la carretera el auto se detuvo y ya no pudieron arrancarlo. Llovía ferozmente. La luz de un relámpago les mostró una casa a corta distancia. Sin pensarlo dos veces corrieron hacia ella en busca de refugio.
Al tocar la puerta se dieron cuenta de que estaba abierta. Entraron apresuradamente. Tras el último en entrar la puerta se cerró con violencia. Entre risas nerviosas y gritos concluyeron que había sido el viento.
Una rara claridad azul permitía ver parte de la estancia, al fondo reinaba una espesa oscuridad. La luz azul avanzaba con ellos mientras que la oscuridad, como fiera al acecho, retrocedía. Las paredes carecían de cuadros. No había lámparas ni interruptores. Muebles de madera sin cubrir indicaban que no era una casa abandonada.
Jorge sintió que sus pies toparon con algo. Se inclinó para ver lo que era. Era un portarretratos con el cristal roto y unas manchas que parecían sangre. La fotografía mostraba a una pareja con una expresión indescifrable. La mujer estaba embarazada.
Pegado el uno al otro el grupo avanzó. Las puertas a los costados indicaban que era una casa enorme. Todas las puertas estaban abiertas. Se decidieron por la primera de la izquierda. En la oscuridad parecía que algo los seguía arrastrándose. Un cuarto conducía a otro. Parecía nunca acabar. En todos era el mismo paisaje: vacío y claridad azul, en el fondo la oscuridad impenetrable.
–¿Qué es lo que está escrito en la pared? –preguntó Karla señalando la pared de la derecha, como a unos 70 centímetros del piso.
Se acercaron a leer. ¡HUYAN! Eso era lo que decía. Y estaba escrito con sangre. Como si alguien se hubiese arrastrado para poder escribir aquella palabra.
Yesenia, la más impulsiva y nerviosa del grupo, aterrorizada empezó a retroceder y después salió corriendo del cuarto. Los demás estaban paralizados. No hicieron el intento de detenerla. Se apartaron de la pared con miedo.
El grito de Yesenia les heló la sangre. Era un grito que parecía provenir de todas partes.
–Vamos tenemos que salir de aquí –dijo Alfredo. Todos asintieron y comenzaron a andar sobre sus pasos, según ellos.
Tardaron más de 30 minutos en llegar al salón de donde habían comenzado su marcha. ¿Dónde estaba la puerta de salida? No había puerta. ¿Y cómo habían entrado? Lo que más los inquietaba era esa presencia que sentían y no podían ver. Algo los rondaba. Algo se arrastraba en la oscuridad y los estaba vigilando.
Por varios minutos el grupo estuvo deliberando. Tenían que encontrar la manera de salir de esa casa. Sabían que un peligro real se escondía detrás de esas paredes.
Alfredo sugirió averiguar qué había en la oscuridad. Rompieron una silla para utilizar las patas como armas, y siguieron a Alfredo, quien con la débil luz del encendedor pretendía penetrar la oscuridad.
La débil llama no podía disipar las sombras. Alfredo se acercaba más y más…la negrura se lo tragó. Tan solo el grito retumbando por toda la casa quedo de él. Y luego el silencio.

No sabían cuánto tiempo había pasado desde que la oscuridad había tragado a Alfredo. Pero ahora la casa parecía estar sudando sangre. Pequeños charcos los rodeaban. La claridad azul parecía debilitarse mientras la penumbra avanzaba.

Autor: adrixnac

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