¡CONVIENE REPENSAR EL BULLYNG!

Por Luis Chay Chuil


Todos los días recibo y depuro mi carpeta de correos chatarra, muchos de esos que piden seguir la cadena para obtener algún beneficio. ¡Hasta ahora no se me cumple alguno! Llámelo casualidad, o lo que sea, pero hoy encontré uno que quizá pocos han leído con atención.
He decidido compartirlo porque desde mi época escolar supe o viví la etapa de los apodos y otras situaciones… ¡Uuuhhh, ya llovió!, dirán algunos… ¡Pues qué se han creído!, soy de RBD para acá, y no cobré el comercial, conste.
Pues resulta que ahora eso que viví en mis tiempos, ¡hace apenas 17 años!, ahora ya adquirió la categoría del “bullying”, ¡háganme el favor! Y es que ahora esas bromas muchos las emplean con saña y parece tan normal. Mal haríamos, y hacemos, en no darle importancia. Vale la pena que estudiantes de todos los niveles repensaran la dimensión que a veces puede causar una actitud de encontrar al “barquito de la clase”.
Valga al respecto la siguiente historia que amablemente me han compartido, que no dudo que a muchos correos ha llegado, pero no se le ha prestado atención, tan es así que hasta en la prensa se ha hablado del tema, pero se ha vuelto ¡taaan normal!, que ya es parte del lenguaje común, y como si nada:
Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero rumbo a su casa. Iba cargando todos sus libros y pensé: ¿Por qué se estará llevando todos los libros si es viernes? De pronto vi a unos chicos correr hacia él que cuando lo alcanzaron le tiraron todas sus cosas, lo zancadillearon que hasta las gafas se le cayeron.
Mientras gateaba para encontrar sus lentes me acerqué. Vi lágrimas y una gran tristeza en sus ojos. Le entregué sus anteojos.
–Esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto –le dije. Me miró y dijo: ¡Gracias! Ya sonreía. Le ayudé con sus libros.
–¿Por qué no te había visto antes? –pregunté.
Respondió que se acababa de cambiar de una escuela particular. Caminamos hasta su casa; cargué parte de sus libros. Lo invité a jugar fútbol alguno de los siguientes días. Estuvimos juntos todo el fin de semana y mientras más lo conocía mejor nos caía a mis amigos y a mí. Llegó el lunes y allí estaba de nuevo con aquella enorme pila de libros.
–Hola –le dije–, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días. Sonrió y me dio la mitad para que lo ayudara.
Durante los siguientes años fuimos buenos amigos. Llegó el gran día de la graduación. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser quien tenía que hablar.
Se le veía bien, se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos. Pude notar que estaba nervioso, así que le di una palmadita en la espalda.
–Vas a estar genial, amigo.
–Gracias –expresó, al tiempo que dibujaba una sonrisa en su rostro.
Comenzó su discurso. “La graduación es un buen momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado en tiempos difíciles: tus padres, maestros, hermanos…, quizá algún entrenador, pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar o recibir y, a propósito, les voy a contar… Por fortuna, mi amigo me salvó de hacer lo irremediable.
“No subestimes el poder de tus acciones; con un pequeño gesto puedes cambiar la vida de otra persona. A cada uno se nos pone frente a la vida de otros para impactarlos de alguna forma. Los amigos son como ángeles que nos llevan en brazos cuando nuestras alas tienen problemas para recordar cómo volar. Hay quienes se dedican a iluminar las vidas de otros con su alegría y su cariño, eso vale mucho”, afirmó sin titubear.

Yo miraba incrédulo a mi amigo cuando comenzó a contar la historia del día que nos conocimos. Aquel fin de semana había planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros: No quería que su madre tuviera que ir después a recogerlos a la escuela…

Autor: adrixnac

¡Amante de la tecnología!

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