PERIPECIAS DE UNA MOSCA

Cuento de Jesús Antonio Várguez.




La mosca salió del rincón detrás de la estufa donde pasó la noche. Se posó en el cristal de una de las ventanas por donde entraba el sol. Tranquilamente se dedicó a acicalarse sin ninguna preocupación.
Tenía tres días de haber salido del capullo. Aproximadamente veinte años en edad humana. Se sentía ansiosa de descubrir el mundo.
En la casa donde le tocó vivir no era fácil procurarse el alimento. Pero tampoco imposible. Siempre había un pedazo de pizza, fruta, restos de comida chatarra, en fin, todo lo que una mosca joven consideraba un buen alimento.
La dueña de la casa, en su fanatismo por la higiene, impedía alimentarse a cualquier hora. Treinta minutos después del desayuno, almuerzo o cena ya no quedaba nada qué comer, todo estaba en el bote de la basura herméticamente guardado.
Algunos amigos le habían platicado lo que era vivir en una carnicería, o en una panadería. A simple vista se notaba la abundancia; eran moscas gordas y sucias.” ¡Es como vivir en un basurero!”, se decía. Prefería unas sabritas a un pedazo de pastel.
Se divertía esquivando los manotazos del padre de familia, tras posarse sobre su nariz mientras éste dormía la siesta. En su joven vida le había tocado el día de limpieza del refrigerador. ¡Ese sí que fue un día de fiesta! Restos de yogur, hamburguesas, pedazos de pollo mordisqueados, pequeños charcos de néctar de fruta…

¡Zas! El golpe del mata-moscas la dejó como una simple mancha en el cristal.

Autor: adrixnac

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