KI’BOK (AROMA): MITOS Y LEYENDAS DEL PUEBLO MAYA

Leyenda Por Carlos Gómez Camuzzo.

Cuando nació, todos quedaron maravillados de su inusual belleza, tanto familiares como vecinos decían que se trataba de una niña hecha con un molde especial utilizado sólo por ángeles de la más alta estirpe celestial. A medida que aumentaba su edad, también lo hacia su sin par belleza, y ya de adolescente, se convirtió en una joven envidiada por sus amigas y vecinas por su hermoso cuerpo y por sus facciones casi perfectas.
Pero sucede que a veces la belleza, lejos de ser un atributo útil y digno para una mujer, se convierte en algo trágico capaz de enloquecer tanto a sus admiradores como a la propia persona. Xtabay vivía asediada por decenas de hombres, quienes le obsequiaban todo tipo de regalos; unos por sólo formar parte de su círculo de admiradores y otros por gozar de sus favores sexuales, de los cuales Xtabay sentaba cátedra.
Y así fue que la bella muchacha, ante las constantes incitaciones de los jóvenes del pueblo, fue poco a poco transformándose en objeto del deseo de cuanto hombre pisaba esos lugares. En algunos años Xtabay se convirtió en una mujer muy popular, y quienes la conocían, mucho o poco, decían que estaba enferma de pasión y que su vida sólo giraba alrededor de encuentros plagados de excesos, capaces de enloquecer a más de uno.
Pero si queremos hacerle justicia a la bella Xtabay, debemos decir que poseía un corazón de oro, porque ayudaba generosamente a los pobres del lugar, a los enfermos, y curaba a los animales maltratados por sus dueños o abandonados por no servir ya en las faenas del campo.
Pero su mala reputación se extendió por todo el lugar y la joven soportaba con resignación las burlas y acusaciones de que era objeto, y nunca respondía con altanería u ofensas a quienes la escarnecían, tal era su humildad y respeto por los demás. En la opinión de sus vecinos y familiares, más pesaba su vida amorosa desordenada, que sus méritos humanitarios para con sus semejantes, y como sucede muchas veces en estos casos, mientras más rechazada se sentía, más se entregaba a sus rituales amorosos.
Es necesario apuntar que Xtabay tenía una hermana, a quien llamaban Utz-Colel, una mujer muy organizada, amante de la limpieza y con una vida sin manchas, razón por la cual era relativamente muy bien aceptada por la gente del pueblo. Sin embargo, a diferencia de Xtabay, poseía un carácter agrio, nunca compartía un pedazo de pan con los necesitados, y su orgullo y altanería la hacían sentir un odio desmedido hacia los pobres.
Sus relaciones con Xtabay no eran nada cordiales, obviamente no compartía la manera de vivir de su hermana. Podemos decir sin embargo, que Utz-Colel ocultamente admiraba la belleza de Xtabay y se lamentaba de no ser tan afortunada en amores como ella, lo cual hizo que con el paso de los años su desapego se transformara en odio y su insatisfacción en envidia hacia la bella Xtabay.
Así las cosas, un día las personas del pueblo notaron que Xtabay no aparecía por lugar alguno, y todos se preguntaban por el paradero de la bella muchacha. Algunos pensaron que la joven habría escapado con uno de sus amantes, otros que quizás tuvo un encuentro fatal con un joven consumido por los celos. Y nada ofrecía una respuesta convincente a los lugareños.
Transcurrieron varios días, al cabo de los cuales comenzó a sentirse en el pueblito un delicado y exquisito aroma de flores silvestres, lo cual causó gran conmoción. El agradable aroma se expandía por todo el lugar y nadie podía descifrar de dónde salía tan dulce y fino perfume. Un grupo de personas comenzó a seguir el curso del agradable olor y notaron unos días después que se originaba en casa de Xtabay.
Las personas, agrupadas en torno a la casa de la bella joven, optaron por tocar a la puerta, y al notar que a pesar de los gritos y golpes no respondían, decidieron forzar la entrada.
Cuando el grupo de personas logró entrar a la casa, descubrieron el cuerpo sin vida de Xtabay tendido en el suelo de la humilde casa.
La joven se encontraba completamente desnuda; su hermoso cuerpo parecía dormido, su rostro no semejaba el de una persona fallecida, por su hermosa expresión y el color de sus carnosos labios; y su bellísima cabellera reposaba mansamente sobre sus hermosos pechos. Entonces supieron que el agradable perfume de flores silvestres se originaba… en el cuerpo de Xtabay!
Muchas de las personas salieron despavoridas del lugar al no poder explicar tan extraño encanto.
La más sorprendida fue su hermana Utz-Colel, quien comenzó a gritar frenéticamente que era obra de algún pixán k’aas (espíritu maligno) y que la tal fragancia no emanaba del cuerpo de su hermana, puesto que de ella sólo podía brotar hedor y pestilencia.
El entierro de la hermosa joven fue muy triste y solitario. Una destartalada carreta llevaba el bello cuerpo de Xtabay. Sólo acompañaban el cortejo el sepulturero y dos señoras, éstas más por compromiso y lástima que otra cosa. El ataúd, hecho de unas viejas y roídas tablas de pino, casi se despedaza antes de llegar al fondo de la tumba; un húmedo y frío hueco indigno de tan hermosa prenda.
Lo más significativo sucedió cuando, al amanecer del siguiente día, la tumba de Xtabay apareció cubierta totalmente de unas flores blancas en forma de campana que rodeaban la tumba y el pequeño muro de piedra que la circundaba. Los habitantes del lugar decidieron llamar a esa flor silvestre Xtabentún (enredadera que crece en la piedra).
Poco tiempo después murió Utz-Colel, la arrogante hermana de Xtabay. Los moradores del pueblito asistieron a sus funerales, y al amanecer del siguiente día de su entierro, la tumba despedía un desagradable olor, y en el centro del montículo de tierra donde fue enterrada nació un cactus de una flor no muy hermosa y cubierta de muchas espinas de un olor muy desagradable.
Cabría pensar que terminaría de esta forma la desafortunada historia de las hermanas Xtabay y Utz-Colel, pero resultó que esta última, inconforme con su trágico final, apeló a la magia y regresó a la vida  haciéndose pasar por Xtabay.
Comenzó Utz-Colel su nueva vida seduciendo a muchos hombres, pero sus amoríos terminaban de forma trágica porque de su corazón frío y orgulloso no brotaba un sentimiento de generosidad. No comprendió nunca que el milagro de Xtabay no radicaba en sus dotes de amante, sino en su amor al prójimo y respeto hacia los más desvalidos y necesitados.

La gran virtud de Xtabay no radicaba en lo externo, en su belleza física, ni en cómo llevaba sus relaciones de pareja. Lo que nunca entendió Utz-Colel es que lo que nos hace grandes espiritualmente, lo que nos permite crecer como seres humanos, nos libera, y nos da felicidad y amor, es lo que seamos capaces de sentir y de hacer por los demás. La sencillez, el respeto al prójimo, la caridad, el amor a la vida propia y a la de los demás nos proporciona la verdadera felicidad, y se nos retribuye con creces.

Autor: adrixnac

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