MI ABUELA OLVIDA LAS COSAS

MI ABUELA OLVIDA LAS COSAS
Relato de Luis Chay Chuil

Todo lo que se diga de la demencia senil es poco ante lo que conlleva. Escuchar a personas que tienen algún familiar con ese mal inspira las siguientes líneas, que son un sencillo homenaje a quienes la vida ha marcado con una herida así y a los que cuidan de ellas.
Lo que no se le borra de la mente es cuando, en carriola, me llevaba de compras, bañaba o alimentaba; eso dibujaba una sonrisa de orgullosa abuela. Por eso aprendí a llamarla “Mamá”.
Ella suplía el papel de mi madre, que por trabajo no podía estar conmigo.
Iba por mí a la escuela desde el kínder. En secundaria ya no nos veíamos a diario. En etapa de preparatoria nos veíamos sólo algunos fines de semana o vacaciones, pero impacientaba porque su plática redundaba en lo mismo y repetía la pregunta cada cinco minutos.
Quise tener la paciencia que siempre me tuvo, cuidarla como lo hizo conmigo, velar por ella, pero no lo conseguí; en ocasiones le hacía travesuras o me aprovechaba de su gran bondad y le pedía cosas que sabía no me negaría porque me quería y consentía.
¿Por qué Dios le hizo mamá tres veces, si con una vez era suficiente? Creo que fue porque su amor era muy grande. Ahora comprendo que las arrugas que llevaba en la frente eran por tantas veces que frunció el ceño pensando y preocupándose por mí.
Tomaba sus manos arrugadas con las que me acariciaba e intuía que estaban así porque trabajó duro para darme a mí, su nieta, lo mejor de ella… Supe que tenía muchas esperanzas en mí. Quería mi bienestar y deseaba verme feliz. Me veía como su propia hija, a pesar de que Dios me dio una mamá propia, esa por la que también luchó para que fuera feliz y cumpliera su ilusión de ser madre.
Cada vez que me miraba a los ojos y me reflejaba en sus pupilas, podía deducir que su mente se llenaba de recuerdos, satisfacciones y sueños por la niñez de mi mamá y de mi tío; se transportaba en el tiempo cuando recién se estrenaba como madre. Se le notaba alegría por ver los frutos de lo que sembró… Difícil fue crecerlos, pero hermosos a sus ojos.
Veía conseguido su sueño al ver a mamá y papá poco a poco forjar la esperanza de ver lo que algún día empezó. Querida abuelita, amadísima “Mamá”, que cuidaste de mí y llenaste de alegría y amor mi vida, por todo lo que hiciste por mí no pude ahora más que escribir lo que ahora la mente interpreta del corazón.
Quiero entregarte un ramo de rosas, recogí las mejores y, así como aún conservan el rocío de la mañana, de la misma manera deseo que tu amor perdure y yo sepa corresponder, aunque te lo diga ahora y al poco tiempo no te acuerdes, pero tu corazón sabrá guardar.

La abuela protagonista de esta historia ya goza de mejor vida y la nieta es ahora una feliz profesionista, pero me reservo el nombre, porque en muchos lugares hay quienes encarnan a diario esta experiencia real. Mi solidaridad con quienes tienen que llevar una cruz de esta magnitud, para que a pesar de las adversidades, se den un tiempo para sonreír y confiar en que detrás de la cascada hay un manantial y después de la lluvia surge un arcoíris.

Autor: adrixnac

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