INMORTAL

INMORTAL 
Un relato de Marìa Elena Hernàndez Maya

Erick, paralizado por el miedo no dejaba de mirar el cuerpo inerte de Benito, de la herida mortal brotaba abundante sangre que formó un gran charco que alcanzó la suela de sus lustrosas botas. Dio un par de pasos para alejarse de ese líquido vital derramado que parecía querer alcanzarlo para apoderarse de él. Su propia sangre goteaba de su brazo y espalda para confundirse en ese arroyo de vida, que insistía en tocar la suela de su calzado. Pasaron un par de segundos, quizás, que le parecieron eternos.
Los camaradas estupefactos contemplaban la escena, mudos ya sus vitorees. Uno de ellos; tomando la iniciativa, se acercó al cuerpo de Benito que yacía boca abajo y con el pie empujó el costado para halar la navaja que se encontraba clavada en el torso de su camarada. Con evidencia habitual, limpió la hoja manchada de sangre sobre la tela gastada de sus viejos pantalones de mezclilla, y presionando el botón que libera el resorte para guardar así, el filo dentro del mango negro. Con una mirada de admiración y respeto se la entrega a Erick . -¡Píntate de colores, lánzate! Antes que llegue la chota… ¡aquí no ha pasado nada y nadie sabe nada!
En menos de un par de minutos, los camaradas se habían dispersado. Algunos de ellos tomaron la troca en la próxima avenida, otros en sus bicicletas y algunos más confiados con paso veloz se alejaron. Ninguno de ellos, se atrevió a mirar de soslayo el cuerpo de Benito del cual seguía manando por la herida, ya libre del filo mortal la sangre a borbotones que mezclada con el polvo suelto del terreno y bajo el candente sol que aceleraba su coagulación. Formaba un grotesco testimonio de la inútil pelea. Benito abandonado por sus compañeros, permaneció solamente con la compañía de la un par de perros que continuaban unidos en sus lances copulatorios.
Las indagatorias policiacas, frente al mutismo de los vecinos no llegaron a la resolución del hecho homicida. Incluso la familia, ante el miedo de una posible venganza no aporto ninguna pista: muchos menos las pesquisas realizadas entre los viejos compañeros. La ley de la calle, imponía silencio a toda prueba. Los incapaces investigadores, indolentes y acostumbrados a las trifulcas y muertes callejeras, dieron carpetazo al caso.
Los integrantes de la banda estaban ciertamente seguros que el vencedor de la pelea, era el líder que ellos realmente necesitaban, alguien que les diera la fiereza y la fuerza para ejercer su preponderancia y liderazgo entre todas las demás pandillas del barrio: adquirir la admiración y el respeto de todos eran un privilegio difícil de despreciar.
Se preguntaban entre ellos, como fue que alguna vez confiaron y se dejaron llevar por Benito, quien bien merecía haber muerto por no demostrar la decisión que la ocasión ameritaba, un líder que titubea y que no asesta el golpe contunde en el momento que se requiere,; que no tiene la sangre fría y la sagacidad no merecía ser llamado cabeza del grupo.
A las pocas semanas, los viejos camaradas de Benito libres de cualquier sospecha, continuaron con sus reuniones habituales en el mismo lugar del barrio. Esperaban con ansiedad la aparición de Erick, a quienes ya consideraban, sin ningún consenso previo, simplemente asumiendo la llegada de su nuevo líder: Erick. Ahora, sus comentarios eran ensalzando su buen gusto para vestir; en lo fino de sus camisas y lustrosas botas de piel de víbora; sus cadenas y esclava doradas, que seguramente eran de oro puro. Pero sobre todo admiraban su atrevida provocación de pasar a diario frente a ellos desafiando con su perenne sonrisa y arrogante mirada, a todo el grupo. Aseguraban que este proceder obedecía a la estrategia minuciosamente planeada por Erick para demostrar en el desafío su madera de desalmado.
Sin premeditación aparente, confiando en estar a la altura de  lo que el nuevo líder Erick, esperaba de ellos, comenzaron a presentarse más acicalados, se esmeraron en llevar las camisas y el pantalón limpios y bien planchados. Algunos incluso cambiaron sus zapatillas con suela de hule por botas, bien boleadas, y hasta cortaron sus cabellos. Llevaban cadenas y esclavas que aunque no fueran doradas, evidenciaban su recién adquirida arrogancia y estatus que le confería el esperado nuevo líder. Comentaban de manera superlativa sus palabras y actitudes firmes que dentro de sus idealizadas esperezas.
Pasaron los días, pero Erick, no se aparecía. En el solar, a pesar de estar ellos ahí reunidos, como todas las tardes, el ir y venir de los transeúntes y el bullicio de algunos autobuses, no lograban distraerlos de sus cavilaciones; los camaradas empezaron a formular especulaciones: ¿por qué no viene?, ¿será posible que haya muerto?, las heridas en el brazo y el hombro no eras profundas ¿O sí?. Unos a otros se miraban, sin encontrar respuestas a sus interrogantes. 
Atemporales llegaron densos nubarrones, con viento que se fortalecía anunciando la proximidad de la lluvia; una fuerte ráfaga trajo a sus olfatos el olor a tormenta que se aproximaba. Sin embargo, a pesar del anuncio de lluvia permanecieron guarecidos bajo un árbol cercano , permanecieron callados esperando encontrar las respuestas a sus preguntas en las primeras gotas de agua. Arreció la lluvia que en pocos minutos se convirtió en aguacero. Pronto se formaron charcos que reblandecieron la árida superficie. Uno de los compañeros sacó de la bolsa de su camisa un paquete de cigarrillos y con sigilo encendió el cigarro. A través de la cortina de humo y las volutas que de boca surgía le pareció ver de nuevo a Benito cayendo sobre sus codos, mortalmente herido con el filo de la navaja hundido a la altura del corazón. A pesar de sentir un trémulo escalofrío acrecentado por la ropa húmeda y el vago recuerdo de su amigo no pronunció palabra alguna. Simplemente obedeciendo al recuerdo que entre humo divisó, se acercó al fatal escenario de esa pelea sin razón y pudo descubrir que entre las tiernas hierbas y pedruscos se había formado un charco que vibraba a cada gota de lluvia precipitada por el fuerte torrencial; agua del cielo, pura y diáfana que estaba teñido de rojo. ¡Si de color rojo!. Era la sangre de Benito que con la acción del agua había salido a la superficie. Sangre enterrada entre capas de polvo y deslealtades, selladas bajo la inclemencia solar. A grandes voces llamó a sus compañeros y haciendo señalamientos con las manos, les mostraba el agua coloreada con la sangre. Gruesos goterones de lluvia disimulaban las lágrimas de algunos de ellos. Benito se manifestaba así, para sustentar su liderazgo, reclamar por su abandono y recordarles que él, sólo él, había perdido la paz de su alma, había dado la vida; su sangre por complacerlos. 
Por primera vez, desde ese fatal día, en que Benito murió, los compañeros se sintieron avergonzados. Con voz queda en susurros, uno después del otro, fueron repitiendo: ¡Benito! ¡Benito! Desde el fondo de sus entrañas cada uno de ellos al unísono y gritando su nombre. ¡Benito!, ¡Benito!, ¡Benito! Conjuro de la ley de la banda. Eran “Los Benitos”- de hoy en adelante.

Autor: adrixnac

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