EL HOMBRE DE LA CASA

El hombre de la casa 
Autor Marco Antonio Magaña Mena ENERO 1967. Mis oídos fueron acariciados por la voz de mi madre mientras ella me cobijaba. ¿Cómo llegué a mi cama? ¿Qué había ocurrido? Me explicó que mi padre me tumbó de un golpe suponiendo que esa noche me había ido de fiesta con mis amigos sin avisarle, descuidando mis deberes en las chinampas. Entonces recordé todo. Era de madrugada y había cruzado por los canales entre las flores que se abrían. 
Y aunque mis ojos se cerraban decidí cuidar a mis pequeñas olorosas, y a mis grandes perfumadas. Las protegí de la helada que calaba mis huesos. Otra noche que perdía el tranvía y la larga caminata desde la escuela a la casa me hacía suspirar por mi cama. Ya casi al amanecer me deslicé con la chalupa por entre las aguas hasta mi casa. 
Mi conciencia estaba tranquila, nada podría reclamarme mi padre, el trabajo estaba hecho. Pero al abrir la puerta sentí su puño en la quijada. No recuerdo el dolor, lo que recuerdo es que todo se puso negro. Y vi estrellas más hermosas que las de la noche, luces que parpadeaban con más colores que los de mis flores. Y luego nada más. Sólo la nada. Ya me había bañado y ya había comido cuando mi padre regresó de vender las flores en el tianguis. Lo noté porque el sol se obscureció cuando él cruzó por la ventana antes de llegar a la puerta, así de corpulento es mi padre. Al verlo entrar, me incliné para saludarlo y él extendió su puño cerrado frente a mí. Yo se lo besé, como todos los días cuando él regresaba del mercado de flores. JUNIO 1967. 
La preparatoria ha concluido. Hoy empiezan mis días en las trajineras. Hoy y siempre. Porque me he negado a estudiar agronomía y mi padre se ha negado a que yo estudie arte. Asegura que esas cosas no son para los hombres. Así que ni él ni yo. Me dedicaré a ganar dinero, en eso estuvimos de acuerdo. JULIO 1967. Las gringas son muy imprudentes. La primera que me pidió tomar la pértiga e impulsar la trajinera acabó en el fango. Pero no me puedo negar, ellas pagan. Así que ahora, cuando las veo a punto de irse de bruces, les paso un brazo por la cintura y con el otro brazo me tomo de la trajinera. Ellas se sonríen, supongo que piensan que las estoy enamorando. Y me dicen cosas que no entiendo, su hablar es tan… ¿cómo explicarlo?, como cuando la pértiga se enreda en las raíces del fondo. Cada vez veo desfilar a más extranjeros en Xochimilco. 
Son la avanzada de los equipos de canotaje que competirán en la próxima olimpiada. Y cada día tengo más trabajo, estoy asombrado de cuánto gano. Creo que incluso ya supero los ingresos de mi padre. Eso me ha permitido llevar la fiesta en paz con él, porque siempre le doy una buena cantidad a mi madre. Él dice que así me acostumbraré a darle el gasto a mi futura esposa el día de mañana. Que para él no quiere nada. Pero sé que en el fondo está preocupado por su futuro. Sus últimos análisis hablan de diabetes en estado avanzado. Mi madre dice que mi padre está perdiendo la vista rápidamente. Que todo se debe a que no toma sus medicamentos porque le provocan nauseas. Yo ayudo con las flores, me gustan mucho, pero con tanto turista el dinero está en las trajineras. Y a ello dedico todos mis esfuerzos. Si supiera inglés ganaría más, mucho más, porque ellos quieren guías. AGOSTO 1967. Hoy he tomado el tranvía para investigar escuelas de inglés en México. Pero la mayor parte del tiempo lo he dedicado a admirar las esculturas de la Alameda Central. Vuelve a despertarse en mí un intenso interés por el arte. 
¿Qué se sentirá tomar un cincel y emprenderla contra el mármol? He entrado al Palacio de Bellas Artes preguntando por escuelas de escultura y me han querido enviar a Xochimilco pero no, no quiero que mi padre se entere. Entonces me envían al otro costado de la Alameda, a buscar un callejón llamado Esmeralda. En la puerta de la escuela hay dos grandes bloques de mármol, uno a cada costado. Y entro. Siento como si estuviera ingresando a un templo sagrado. Dos estudiantes caminan en sentido contrario y antes de que me dé cuenta ya me incliné a su paso, como acostumbro hacer con mi padre. El asombro que les causa mi ctitud les hace alentar su caminar. Pasada mi turbación, recupero la compostura. 
Les pregunto todo, cómo ingresar, cuándo empiezan las clases, todo. Los dos son mayores que yo, serios, pero amables. Contestan a todas mis preguntas. Me mandan a la administración. Cuando me retiro, ya estoy inscrito para el examen de admisión. 
Mis papeles puedo traerlos después. Me siento en el paraíso.
FEBRERO 1968. En casa sigo con el cuento de que estoy tomando clases de inglés en México. Hasta he comprado un libro de idiomas para leer mientras trabajo en la trajinera. Pero me aburre tanto el estudio del inglés y lo único que he logrado es que dos gringas se me vayan al agua por descuidarlas. En la escuela de escultura, en cambio, soy el más aplicado. Nos han dicho que el gobierno piensa tirar la casa por la ventana en ocasión de la olimpiada y que pidamos lo que necesitemos para montar nuestras propias exposiciones, todo, material, espacios, transporte, todo está autorizado. Lo he tomado muy en serio.
 SEPTIEMBRE 1968. La Ciudad de México está muy agitada. Todos los días cuando bajo del tranvía, todos los días cuando subo al tranvía, veo correr estudiantes, manifestaciones. Yo también corro, pero de Xochimilco al callejón de la Esmeralda. Del callejón de la Esmeralda a Xochimilco. Cuando llego a mi casa, mi cena está servida, y estoy tan cansado que más de una vez me he quedado dormido sobre la mesa. Ya regalé mi libro de inglés. Miento, se lo quise regalar a una gringa que abordó la trajinera, pero ella sacó sus dólares, me lo pagó, no sé si pensó que se lo estaba vendiendo. Por cierto, mi trajinera ahora se llama “Esmeralda”. Hasta a mi padre le gustó el nombre. Si él supiera. En la escuela de escultura ningún estudiante quiere que cierren. A la hora de la salida nos escondemos en los armarios y seguimos trabajando. Todos estamos como locos con nuestros proyectos. El director se ha rendido y nos permite quedarnos permanentemente, hasta los fines de semana. Le he oído comentar con los maestros que así nos mantiene alejados de los mítines y manifestaciones. Yo he llegado a la conclusión de que esos asuntos son más bien del interés de los que estudian derecho, política y cosas parecidas. ¿Los estudiantes de arte seremos siempre tan pacíficos? Yo sólo sé que necesito todas mis energías para trabajar el ónix. Es una especie de mármol. Viene de Puebla. Lo hay desde casi transparente hasta acaramelado, pasando por un verde limón como ese de las canicas de cristal, de los bombones. Me impacienta perder tiempo en el trayecto a Xochimilco, pero lo aprovecho para hacer bocetos. No puedo perder el último tranvía, se supone que continúo trabajando la trajinera, pero ya contraté a un muchacho y aun así salgo ganando. Mi padre no podrá enterarse, ya no sale de casa, se ha quedado totalmente ciego. También para atender y vender las flores he contratado gente. Lo importante es que yo concluya la cantidad de piezas con las que me he comprometido para la exposición de escultura.
 OCTUBRE 1968. Desde la Esmeralda hemos escuchado pasar helicópteros y luego ambulancias rumbo a Tlatelolco. Los maestros murmuran, sólo entre ellos, que así imaginaron que acabaría todo. Bajita la mano han estado pendientes de que nos mantengamos muy ocupados, muy absortos con nuestros proyectos. Alcanzo a escuchar a una maestra, que vive en Tlatelolco, decir que esa tarde su hijo se le escapó del departamento, su hijo de seis años. Lo encontró encaramado en la torreta de un tanque tratando de meterse mientras el soldado le gritaba que se bajara. Hay muchos rumores, pero a nosotros nos ha ganado el tiempo y no vivimos más que para nuestras creaciones. La noche de la exposición ha llegado. Se inician los Juegos Olímpicos. Ya no hay manifestaciones en las calles. He llevado a mis padres a la galería. Les he dicho que se trata de una sorpresa. Mi madre está muy callada, yo pienso que la pone nerviosa tanta elegancia. Mi padre no puede ponerse nervioso porque nada ve, está ciego. Solo confía en mí porque ahora yo soy quien sostiene la casa. Al principio mi padre parece desconcertado con lo que escucha. Pero está muy atento. Y en su rostro leo que está reflexionando, está atando cabos. Voltea hacia mí esperando una explicación. Por toda respuesta lo guío y tomo sus manos, las poso sobre mis esculturas, y hago que las palpe una por una. Entonces él, con el asombro reflejado en su rostro, empieza a mencionar nombres de flores. Mis creaciones escultóricas tienen las formas, a mayor escala, de cada una de las flores que él cultivaba en sus chinampas de Xochimilco.
 –Entonces… 
¿siempre sí estudiaste arte? –pregunta. 
–Sí, y eso no me hizo menos hombre, 
papá –contesto… él sonríe y me bendice: 
–Mah cualli ohtli 
–que en el idioma de nuestros ancestros significa “buen camino”. 

Autor: adrixnac

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